Louis Rémy Mignot: el romántico que pintó el Ecuador del Siglo XIX

Eastman Johnson,

Eastman Johnson, “Portrait of Louis Rémy Mignot,” ca. 1851-54.

Pocos son los artistas o grandes personalidades de la historia que han prestado atención a mi país, un oasis en sudamérica. En particular en la segunda mitad del siglo XIX para muchos Ecuador simplemente era sinónimo -si es que acaso prestaban atención al nombre- de Charles Darwin y las Islas Galápagos, Alexander von Humboldt y sus exploraciones, y alguno que otro historiador avezado sabía de García Moreno y sus reformas. Retratos de Ecuador se conocían simplemente por bosquejos o grabados hechos por los clérigos españoles en la época de la Conquista y la Colonia, además de unas cuantas ilustraciones hechas por algún pintor viajero o aquellas pinturas donde se retrataba a los Andes obra de los artistas que acompañaron a Humboldt (como Friedrich Georg Weitsch) en su expedición. Los pintores ecuatorianos apenas tenían repercusión y si algún cuadro de ellos llegaba a Europa era confundido por alguna escena en las selvas africanas o de “las indias”.

Sin embargo este día me ha complacido sobremanera encontrarme de casualidad con Louis Rémy Mignot (1831–1870), pintor norteamericano de ascendencia francesa, de pincelada inspirada en el movimiento romántico de Europa y representante de la versión norteamericana de éste, estilo posteriormente llamado de La Escuela del Río Hudson.

 Louis Rémy llegó a Ecuador en 1857 gracias a amigo y rival el también pintor Frederic Church, quien ya había estado en Sudamérica en 1853. Cansados del matiz rocoso y el sepia norteamericano, juntos habían decidido embarcarse en la búsqueda de la inspiración y los paisajes más exóticos que pudieran encontrar. Louis Rémy convertiría los paisajes cotidianos y naturales en escenarios etéreos y mitológicos, el Chimborazo se transforma en una montaña sagrada salida acaso del mismísimo Edén, el río Guayas, su cuenca y extensión, rivaliza con las descripciones homéricas del río Escamandro. La manera en cómo Mignot envisiona cada pétalo, cada nube, cada corriente, hacia pensar, seguramente, a quien veía estas pinturas, que el verdadero paraíso aún existía en un poblado sudamericano llamado Ecuador. Todo un honor que tan magno pincel haya coloreado los paisajes de este país.

Mignot, al igual que Church, alcanzaría fama en su tiempo, lastimosamente no perduraría, ya que entrando el siglo XX su obra había sido parcialmente olvidada. Pero he aquí que el haber pintado al Cotopaxi, los manglares, y mi amado Guayaquil lo hacen acreedor a un post en este blog, el agradecimiento tardío de todo un país, y una nueva ruta hacia la inmortalidad.

Disfrutemos de la obra:

Ave Maria': Scene of the Guayaquil River, Ecuador (III)

Ave Maria’: Scene of the Guayaquil River, Ecuador (III)

 

Cotopaxi - Louis Remy Mignot - circa 1859

Cotopaxi – Louis Remy Mignot – circa 1859

 

Gathering Plantains, Guayaquil Ecuador

Gathering Plantains, Guayaquil Ecuador

 

Lagoon of the Guayaquil

Lagoon of the Guayaquil

 

Moonlight over a Marsh in Ecuador

Moonlight over a Marsh in Ecuador

 

View of Riobamba, looking North Towards Mount Chimborazo

View of Riobamba, looking North Towards Mount Chimborazo

 

Street View in Guayaquil

Street View in Guayaquil


El Conde de Lautréamont – Poésies I

Lautreamont

Es muy raro que haga esto, pero he decidido ceder mi espacio a otro autor, sí, lo siguiente que leerán es enteramente de otro autor, post necesario para la comprensión de uno subsecuente. Es raro por lo celoso y cuidadoso que soy con mi blog, siendo el autor de todas las entradas, claro, citando a muchos autores pero nunca dejándoles que hablen por mí páginas enteras, plagios inconscientes también deben existir muchos, pero como decía mi invitado de hoy: El plagio es necesario. Está implícito en la idea de progreso. Por supuesto espero no haber incurrido en aquello. Pero ¿quién es mi invitado se preguntan? Pues un viejo conocido del blog y de ustedes, todo un héroe de las letras, considerado en Francia hasta más importante que Rimbaud, sí, ¡adivinaron! Con ustedes El Conde de Lautréamont y su prólogo de Poésies I: 

 

Los gemidos poéticos de este siglo son sólo sofismas. Los primeros principios deben estar fuera de discusión.

Acepto a Eurípides y a Sófocles, pero no acepto a Esquilo.

No deis muestra de carecer. de la más elemental decencia y del mal gusto hacia el Creador.

Rechazad la incredulidad: me causaréis placer.

No existen dos clases de poesía; sólo hay una.

Existe una convención poco tácita entre el autor y el lector, por la cual el primero se denomina enfermo, y acepta al segundo como enfermero. ¡El poeta es quien consuela a la humanidad! Los papeles están arbitrariamente invertidos.

No quiero ser mancillado con el calificativo de presuntuoso.

No dejaré memorias.

La poesía no es la tempestad, tampoco el ciclón. Es un río majestuoso y fértil.

Solamente admitiendo la noche físicamente, se le ha llegado a aceptar moralmente. ¡Oh Noches de Young!, ¡cuántas jaquecas me habéis causado!

Se sueña sólo cuando se duerme. Son palabras como sueño, nada de la vida, paso por la tierra, la preposición tal vez, el trípode desordenado, quienes han infiltrado en vuestras almas esa poesía húmeda de languideces, semejante a la podredumbre. De las palabras a las ideas sólo hay un paso.

Las perturbaciones, las ansiedades, las depravaciones, la muerte, las excepciones en el orden físico o moral, el espíritu de negación, los embrutecimientos, las alucinaciones servidas por la voluntad, los tormentos, la destrucción, los trastornos, las lágrimas, las insaciabilidades, los servilismos, las imaginaciones penetrantes, las novelas, lo inesperado, lo que no hay que hacer, las singularidades químicas del buitre misterioso que acecha la carroña de alguna ilusión muerta, las experiencias precoces y abortadas, las oscuridades con caparazón de chinche, la monomanía terrible del orgullo, la inoculación de los estupores profundos, las oraciones fúnebres, las envidias, las traiciones, las tiranías, las impiedades, las irritaciones, las acrimonias, los despropósitos agresivos, la demencia, el spleen, los espantos razonados, las inquietudes extrañas que el lector preferiría no sentir, las muecas, las neurosis, las hileras sangrantes por las cuales se hace pasar la lógica acorralada, las exageraciones, la ausencia de sinceridad, las burlas, las vulgaridades, lo sombrío, lo lúgubre, los partos peores que los crímenes, las pasiones, el clan de los novelistas de tribunales, las tragedias, las odas, los melodramas, los extremos presentados a perpetuidad, la razón impunemente silbada, los olores de los cobardes, las desazones, las ranas, los pulpos, los tiburones, el simún del desierto, lo sonámbulo, turbio, nocturno, somnífero, noctámbulo, viscoso, foca parlante, equívoco, tuberculoso, eespasmódico afrodisíaco, anímico, tuerto, hermafrodita, bastardo, albino, pederasta, fenómeno de acuario y mujer bar-buda, las horas borrachas de desencanto taciturno, las fantasías, las acritudes, los monstruos, los silogismos desmoralizadores, las basuras, lo que no reflexiona como el niño, la desolación, el manzanillo intelectual, los chancros perfumados, las nalgas con camelias, la culpabilidad de un escritor que rueda por la pendiente de la nada y se desprecia a sí mismo con gritos alegres, los remordimientos, las hipocresías, las perspectivas vagas que os trituran con sus engranajes imperceptibles, los serios escupitajos sobre los axiomas sagrados, los piojos y sus cosquilleos insinuantes, los prefacios insensatos, como los de Cromwell, la señorita de Maum y de Dumas hijo, las caducidades, las impotencias, las blasfemias, las asfixias, los ahogos, las rabias ante esos osarios inmundos que hacen que enrojezca al nombrarlos, es hora de reaccionar ya contra lo que nos lastima y nos doblega tan soberanamente.

Vuestro espíritu es arrastrado continuamente fuera de sus casillas y, sorprendido en la trampa de las tinieblas, construido con arte grosero por el egoísmo y el amor propio.

El gusto es la cualidad fundamental que resume a todas las demás cualidades. Es el nec plus ultra de la inteligencia. A él sólo se debe que el genio sea la salud suprema y el equilibrio de todas las facultades. Villemain es treinticúatro veces más inteligente que Eugene Sue y Frédéric Soulié. Su prefacio al Diccionario de la Academia verá la muerte de las novelas de Walter Scott, de Fenimore Cooper, de todas las novelas posibles e imaginables. La novela es un género falso, porque describe las pasiones por sí mismas: la conclusión moral está ausente. Describir las pasiones no es nada; basta con nacer un poco chacal, un poco buitre, un poco pantera. No nos interesa nada. Describirías, para someterlas a una elevada moralidad, como Corneille, es otra cosa. El que se abstenga de hacer lo primero, siendo capaz de admirar y comprender a quienes les es dado hacer lo segundo, sobrepasa, con toda la superioridad de las virtudes sobre los vicios, al que hace lo primero.

Es suficiente que un profesor de segundo curso se diga: «Aunque me dieran todos los tesoros del universo, no querría haber escrito novelas parecidas a las de Balzac y Alejandro Dumas», para que, por eso sólo, sea más inteligente que Alejando Dumas y Balzac. Es suficiente que un alumno de tercero se haya convencido de que no hay que cantar las deformidades físicas e intelectuales, para que, por eso sólo, sea más fuerte, más capaz, más inteligente que Victor Hugo, si sólo hubiera escrito novelas, dramas y cartas.

Alejandro Dumas hijo jamás pronunciará un discurso de distribución de premios en un liceo. No sabe lo que es la moral. Ésta no transige. Si la pronunciara, antes tendría que tachar de un plumazo todo lo que ha escrito hasta ahora, comenzando por sus absurdos prefacios. Reunid un jurado de hombres competentes: sostengo que un buen alumno de segundo es más fuerte que él en no importa qué, incluso en la sucia cuestión de las cortesanas.

Las obras maestras de la lengua francesa son los discursos de distribución en los liceos y los discursos académicos. En efecto, la instrucción de la juventud es la más bella expresión del deber, y una buena apreciación de las obras de Voltaire (profundizad en la palabra apreciación) es preferible a las obras mismas. ¡ Naturalmente!

Los mejores autores de novelas y de dramas desnaturalizarían a la larga la famosa idea del bien, silos cuerpos docentes, conservadores de lo justo, no mantuvieran a las generaciones jóvenes y viejas en el camino de la honestidad y el trabajo.

En su propio nombre, y a su pesar, si es preciso, vengo a renegar, con voluntad indómita y férrea tenacidad, del horrible pasado de la llorona humanidad. Si: quiero proclamar lo bello en una lira de oro, excepción hecha de las tristezas escrofulosas y de las jactancias estúpidas que descomponen, en su frente, a la poesía cenagosa de este siglo. Pisotearé con mis pies las estrofas agrias del excepticismo, que no tiene razón de ser. El juicio, una vez introducido en la eflorescencia de su energía, imperioso y resuelto, sin oscilar un segundo en las incertidumbres irrisorias de una piedad mal situada, como un procurador general, fatídicamente las condena. Hay que velar sin descanso sobre los insomnios purulentos y las pesadillas atrabiliarias. Desprecio y execro el orgullo y las voluptuosidades infames de una ironía, convertida en rémora, que desplaza la exactitud del pensamiento.

Algunos caracteres excesivamente inteligentes, no hay por qué invalidarlos con palinodias de dudoso gusto, se han arrojado a ciegas en los brazos del mal. El ajenjo, que no creo sabroso, sino nocivo, mató moralmente al autor de Rolla. ¡Ay de los golosos! Apenas había entrado en la edad madura el aristócrata inglés, cuando su arpa se quebró bajo los muros de Missolonghi, después de haber recogido a su paso las flores que encubren el opio de los tristes aniquilamientos.

Aunque superior a los genios corrientes, si hubiera encontrado en su tiempo a otro poeta, dotado como él de similares dosis de una inteligencia excepcional, y capaz de presentarse como su rival, habría sido el primero en confesar la inutilidad de sus esfuerzos para producir maldiciones disparatadas, y que el bien exclusivo sólo es declarado digno de apropiarse de nuestra estima por la voz de la totalidad de los mundos. El hecho es que no existió nadie que lo combatiera con ventaja. Esto es lo que nunca se ha dicho. ¡Cosa extraña!, incluso al hojear los libros y cuadernos de su época, a ningún crítico se le ocurrió poner de relieve el riguroso silogismo que precede. Y no es sino aquel que lo supere quien pueda haberlo inventado. Tan llenos estaban de estupor y de inquietud, más que de reflexiva admiración, ante obras escritas por una mano pérfida, pero que sin embargo revelaban las imponentes manifestaciones de un alma que no pertenecía al común de los hombres, y que se encontraba cómoda entre las últimas consecuencias de uno de los dos problemas menos oscuros que interesan a los corazones no solitarios: el bien, el mal. A cualquiera no le es dado abordar los extremos, sea en un sentido, sea en otro. Esto éxplica por qué -aunque se elogie, sin segunda intención, la inteligencia maravillosa que de-nota a cada instante, él, uno de los cuatro o cinco faros de la humanidad- se hacen en silencio numerosas reservas sobre las aplicaciones y el empleo injustificables que de ella se ha hecho a sabiendas. No hubiera debido recorrer los dominios satánicos.

La rebelión feroz de los Troppmann, de los Napoleón 1, de los Papavoine, de los Byron, de los Victor Noir y de las Charlotte Corday será mantenida a distancia de mi severa mirada. A esos grandes criminales., de títulos tan diversos, los aparto con un gesto. ¿A quién creen engañar aquí?, pregunto con una lentitud que se intetpone. ¡Oh caballitos de presidio! ¡Pompas de jabón! ¡Muñecos de tripa! ¡Cordones usados! Que se aproximen los Konrad, los Manfred, los Lara, los marinos que se parecen al Corsario, los Mefistófeles, los Werther, los Don Juan, los Fausto, los Yago, los Rodin, los Calígula, los Cain, los Iridion, las arpías a la manera de Colomba, los Ahrimán, los manitúes maniqueos, embadurnados de sesos, que guardan la sangre de sus víctimas en las pagodas sagradas del Indostán, la serpiente, el sapo y el cocodrilo, divinidades consideradas como anormales del antiguo egipto, los hechiceros y las potencias demoniacas de la Edad Media, los Prometeo, los Titanes de la mitología fulminados por los Júpiter, los Dioses Malignos vomitados por la imaginación primitiva de los pueblos bárbaros -toda la serie escandalosa de los diablos de cartón. Con la certeza de vencerlos, tomo la fusta de la indignación y de la concentración que sopesa, y espero a esos monstruos a pie firme, como su previsto domador.

Hay escritores denigrados, peligrosos bufones, truhanes de tres al cuarto, sombríos mistificadores, verdaderos alienados, que merecerían poblar Bicetre. Sus cabezas cretinoides, de las que se ha quitado una teja, crean fantasmas gigantescos que descienden en lugar de subir. Ejercicio escabroso; gimnasia especiosa. Pasa, pues, grotesco petimetre. Por favor, alejaos de mi presencia, fabricantes al por mayor de acertijos prohibidos, en los cuales no percibía antes, al primer golpe, como hoy, el secreto de la solución frívola. Caso patológico de un egoísmo formidable. Autómatas fantásticos: señalaos con el dedo uno a otro, hijos míos, el epíteto que los vuelva a su lugar.

Si existiesen, bajo una plástica realidad, en alguna parte, a pesar de su inteligencia probada, aunque engañosa, serían el oprobio, la hiel de los planetas que hábitarían, la vergúenza. Imagináoslos, por un instante, reunidos en sociedad con substancias que fueran sus semejantes. Sería una sucesión ininterrumpida de combates que no hubiera soñado los dogos, prohibidos en Francia, los tiburones y los cachalotes macrocéfalos. Serían torrentes de sangre en esas regiones caóticas llenas de hidras y de minotauros, de donde la paloma, asustada siempre, huye a todo vuelo. Sería un amontonamiento de bestias apocalípticas que no ignoran lo que hacen. Serían choques de pasiones, de irreconcilabilidades y de ambiciones, a través de los aullidos de un orgullo que no se deja leer, que se contiene, y cuyos escollos y bajos fondos nadie puede, ni siquiera aproximadamente, sondear.

Pero no se me impondrán más. Sufrir es una debilidad, cuando uno puede impedirlo y hacer algo mejor. Exhalar los sufrimientos de un esplendor no equilibrado, es demostrar, ¡oh moribundos de las marismas perversas!, todavía menos resistencia y valor. Con mi voz y mi solemnidad de los grandes días, te llamo de nuevo en mis desiertos hogares, gloriosa esperanza. Ven a sentarte junto a mí, envuelta en tu manto de ilusiones, sobre el trípode razonable de los apaciguamientos. Como un muelle que se desecha, te arrojé de mi morada, con un látigo de cuerdas de escorpiones. Si deseas que esté persuadido de que has olvidado, al regresar a mi casa, las penas que, bajo el indicio de los arrepentimientos, te causé en otro tiempo, trae contigo entonces, cortejo sublime -¡sostenedme, que me desmayo!-, las virtudes ofendidas y sus imperecederas reparaciones.

Constato, con amargura, que no quedan más que algunas gotas de sangre en las arterias de nuestras tísicas épocas. Desde los lloriqueos odiosos y especiales, patentados sin.garantía de un punto de referencia, de los Jean-Jacques Rousseau, de los Chateaubriand y de las nodrizas con bragas de niño de pecho Obermann, a través de los demás poetas que se han revolcado en el fango impuro, hasta el sueño de Jean-Paul, el suicidio de Dolores Veintimilla, el Cuervo de Alían, la Comedia Infernal del polaco, los ojos sanguinarios de Zorrilla, y el inmortal cáncer. Una Carroña, que pintó antaño, con amor, el amante mórbido de la Venus hotentote, los dolores inverosímiles que este siglo ha creado para sí mismo, en su querer monótono y repugnante, lo han vuelto tísico. ¡Larvas absorbentes en su letargo insoportable!

Vamos, música.

Sí, buenas gentes, soy yo quien ordena quemar, sobre una badila enrojecida al fuego, con un poco de azúcar amarilla, el pato de la duda con labios de vermut, que derramando, en una lucha melancólica entre el bien y el mal, lágrimas que no llegan del corazón, sin máquina neumática, hace en todas partes el vacío universal. Es lo mejor que podéis hacer.

La desesperación, nutriéndose con un propósito decidido de sus fantasmagorías, conduce imperturbablemente al literato a la abrogación en masa de las leyes divinas y sociales, y a la perversidad teórica y práctica. En una palabra, hacer que predomine el trasero humano en los razonamientos. ¡Vamos, dadme la palabra! Uno se vuelve malo, lo repito, y los ojos toman el tinte de los condenados a muerte. No retiraré lo que adelanto. Quiero que mi poesía pueda ser leída por una muchacha de catorce años.

El verdadero dolor es incompatible con la esperanza. Por muy grande que sea ese dolor, la esperanza aún se alza a cien codos más arriba. Por tanto, dejadme tranquilo con los buscadores. ¡Abajo las patas, abajo, perras ridículas, pretenciosos, presumidos! Lo que sufre, lo que diseca los misterios que nos rodean, ya no espera. La poesía que discute las verdades necesarias es menos bella que la que no las discute. Indecisiones a ultranza, talento mal empleado, pérdida de tiempo: nada será tan fácil de comprobar.

Cantar a Adamastor, Jocelyn, Rocambole, es pueril. No porque el autor espere que el lector sobreentienda que perdonará a sus héroes, sino porque se traiciona a sí mismo y se apoya sobre el bien para hacer pasar la descripción del mal. En nombre de esas mismas virtudes que Frank ha desconocido, nosotros queremos soportarlo, oh saltimbanquis de los malestares incurables.

¡No hagáis como esos exploradores sin pudor, espléndidos de melancolía a sus ojos, que encuentran cosas desconocidas en sus espíritus y en sus cuerpos!

La melancolía y la tristeza son ya el comienzo de la duda; la duda es el comienzo de la desesperación; la desesperación es el comienzo cruel de los diferentes grados de la maldad. Para que os convenzáis de ello, leed la Confesión de un hijo del siglo. La pendiente es fatal, una vez que uno se arroja por ella. Es seguro que se llaga a la maldad. Desconfiad de la pendiente. Extirpad el mal de raíz. No estimuléis el culto de adjetivos tales como indescriptible, inenarrable, rutilante, incomparable, colosal, que mienten desvergonzadamente a los sustantivos que desfiguran: son perseguidos por la lubricidad.

Las inteligencias de segunda clase, como Alfredo de Musset, pueden llevar tenazmente una o dos de sus facultades mucho más lejos que las facultades correspondientes de las inteligencias de primera clase, Lamartine, Hugo. Estamos en presencia del descarrilamiento de una locomotora fatigada. Es una pesadilla que sostiene la pluma. Sabed que el alma se compone de una veintena de fácultades. ¡Habladme de esos mendigos que llevan un~sombrero estupendo junto a sus sórdidos harapos!

He aquí un medio de constatar la inferioridad de Musset frente a los dos poetas. Leed delante de una muchacha, Rolla o Las Noches, Los Locos de Cobb, o si no, los retratos de Gwynplaine y Dea, o el relato de Terámenes de Eurípides, traducido en versos franceses por Racine padre. La muchacha se sobresalta, frunce las cejas, alza y baja las manos, sin fin determinado, como un hombre que se ahoga; los ojos lanzarán fulgores verdosos. Leedle la Oración para todos, de Victor Hugo. Los efectos son diametralmente opuestos. La clase de electricidad no es la misma. Ella ríe a carcajadas y pide más.

De Hugo sólo quedarán las poesía sobre los niños, entre las que hay muchas muy malas.

Pablo y Virginia ofende a nuestras más profundas aspiraciones a la felicidad. Antaño, este episodio que rezuma oscuridad desde la primera a la última página, sobre todo el naufragio final, me producía rechinar de dientes. Me revolcaba por la alfombra y daba patadas a mi caballo de madera. La descripción del dolor es un contrasentido. Hay que hacer ver todo por la parte bella. Si esta historia fuese contada como una simple biografía, no la atacaría. Cambia en seguida de carácter. La desgracia se vuelve augusta por la voluntad impenetrable de Dios, que la creó. Pero el hombre no debe crear la desgracia en sus libros. Es querer considerar a toda costa sólo un lado de las cosas. ¡Oh qué maniáticos chillones sois!

No reneguéis de la inmortalidad del alma, de la sabiduría de Dios, de la grandeza de la vida, del orden que se manifiesta en el universo, de la belleza corporal, del amor a la familia, del matrimonio, de las instituciones sociales. Dad de lado a los escritorzuelos funestos: Sand, Balzac, Alejandro Dumas, Musset, Du Terrail, Féval, Flaubert, Baudelaire, Leconte y la Huelga de los Herreros.

No trasmitáis a los que os leen más que la experiencia que se desprende del dolor, y que no es el dolor mismo. No lloréis en público.

Hay que saber arrancar bellezas literarias hasta en el seno de la muerte; pero esas bellezas no pertenecen a la muerte. La muerte no es en ese caso más que la causa ocasional. No es el medio, es el fin, que no es la muerte.

Las verdades inmuntables y necesarias, que dan gloria a las naciones, y que la duda en vano se esfuerza por pertubar, comenzaron con las edades. Son cosas que no se debería tocar. Los que quieren introducir la anarquía en la literatura, con el pretexto de novedad, caen en un contrasentido. No se atreven a atacar a Dios y atacan a la inmortalidad del alma. Pero la inmortalidad del alma es también tan vieja como los cimientos del mundo. ¿Qué otra creencia la reemplazará, si es que debe ser reemplazada? No siempre será una negación. Si se recuerda la verdad de donde han surgido todas las demás, la bondad absoluta de Dios y su ignorancia absoluta del mal, los sofismas se hundirán por si mismos. Se hundirá al mismo tiempo la literatura poco Poética que se apoyó sobre ellos.

Toda literatura que discute los axiomas eternos está condenada a no vivir más que de sí misma. Es injusta. Los novissima verba hacen sonreír considerablemente a los muchachos sin pañuelo de cuarto. No tenemos derecho a interrogar al Creador sobre lo que sea.

Si sois agradecidos, no hay que decírselo al lector. Guardarlo para vosotros mismos.

Si se corrigieran los sofismas en el sentido de las verdades correspondientes a esos sofismas, sólo sería verdad la corrección, mientras que la pieza así retocada tendría derecho a no llamarse falsa. El resto estaría fuera de la verdad con trazas de falso, por consiguiente nulo, y considerado, forzosamente, como no a venido.

La poesía personal realizó su tiempo de truhanerías relativas y de contorsiones contingentes. Tomemos de nuevo el hilo indestructible de la poesía impersonal, bruscamente interrumpida desde el nacimiento del filósofo malogrado de Ferney, desde el aborto del gran Voltaire.

Parece bello, sublime, bajo pretexto de humildad o de orgullo, discutir las causas finales y falsear las consecuencias estables y conocidas. ¡Desengañaos, porque no hay nada más necio! Reanudemos la cadena regular con los tiempos pasados; la poesía es la geometría por excelencia. Desde Racine, la poesía no ha progresado un milímetro. Ha retrocedido. ¿Gracias a quién? A las Grandes Cabezas Blandas de nuestra época. Gracias a los afeminados, Chateaubriand, el MohicanoMelancólico; Sénacour, el Hombre con Faldas; JeanJacques Rousseau, el Socialista Arisco; Anne Radcliffe, el Espectro Chiflado; Edgar Poe, el Mameluco de los Sueños de Alcohol; Maturin, el Compadre de las Tinieblas; George Sand, el Hermafrodita Circunciso; Théophile Gautier, el Incomparable Especiero; Leconte, el Cautivo del Diablo; Goethe, el Suicidado por Llorar; Sainte-Beuve, el Suicidado por Reír; Lamartine, la Cigúeña Lacrimógena; Lermontoff, el Tigre que Ruge; Victor Hugo, la Fúnebre Estaca Verde; Misckiéwickz, el Imitador de Satán; Musset, el Petimetre Sin Camisa Intelectual; y Byron, el Hipopótamo de las Junglas Infernales.

La duda ha existido en todo tiempo como minoría. En este siglo está en mayoría. Respiramos la violación del deber por los poros. Eso sólo se ha visto una vez, y no se volverá a ver.

Las nociones de la simple razón están de tal manera oscurecidas en la hora presente, que lo primero que hacen los profesores de cuarto, cuando enseñan a escribir versos latinos a sus alumnos, jóvenes poetas con la boca humedecida de leche materna, es revelarles por medio de la práctica el nombre de Alfredo de Musset. ¡Os pido demasiado! Los profesores de tercero, además, dan en sus clases a traducir en verso griego dos sangrantes episodios. El primero es la repugnante comparación del pelícano. El segundo, la espantosa catástrofe que le sucedió a un labriego. ¿Para qué mirar el mal? ¿No está en minoría? ¿Por qué hacer inclinar la cabeza de un alumno sobre asuntos que, a falta de haber sido comprendidos, hicieron perder la suya a hombres como Pascal y Byron?

Un alumno me contó que su profesor de segundo daba todos los días en su clase a traducir dos carroñas en verso hebreo. Esas llagas de la naturaleza animal y humana hicieron que estuviera enfermo durante un mes, que pasó en una enfermería. Como no nos conocíamos, me hizo llamar por su madre. Me contó, aunque ingenuamente, que sus noches eran turbadas por sueños persistentes. Creía ver a un ejército de pelícanos que se abatían sobre su pecho y lo desgarraban. A continuación se iban volando hacia una choza en llamas. Se comían a la mujer del labriego y a sus hijos. Con el cuerpo ennegrecido por las quemaduras, el labriego salía de la casa y entablaba con los pelicanos un atroz combate. Todo se precipitaba luego sobre la choza, que se derrumbaba. De la elevada masa de escombros -eso nunca fallaba- vela salir a su profesor de segundo, sosteniendo su corazón en una mano y en la otra uná hoja de papel en donde se descifraba, con rasgos de azufre, la comparación del pelícano y la del labriego, tal como Musset mismo las ha compuesto. No fue fácil, en un principio, pronosticar la clase de enfermedad. Le recomendé que guardara cuidadoso silencio y de que no hablara de ello a nadie, sobre todo a su profesor de segundo. Le aconsejé a su madre que se lo llevara algunos días a su casa, y le aseguré que todo pasaría. En efecto, me preocupé de ir todos los días durante algunas horas, y todo pasó.

Es preciso que la crítica ataque la forma, jamás el fondo de vuestras ideas, de vuestras frases. Arregláoslas.
Los sentimientos son la forma de razonamiento más incompleta que se pueda imaginar.

Todo el agua del mar no bastaría para lavar una mancha de sangre intelectual.

(Poésies, 1870)

Isidore Ducasse, Conde de Lautréamont


El Paraíso Perdido de John Milton ilustrado por Gustave Doré

Lucifer by Gustave Doré

Seguimos con la fiebre de las ilustraciones del siglo de Oro, esta vez es el turno de mi favorito, el gran Gustave Doré. Para iniciar con Doré iremos por mis favoritas, su trabajo para el Paraíso Perdido de John Milton, aquél magnánimo y controvertido poema que reivindicaba la imagen del mismísimo Lucifer al dotarlo de virtudes prometeanas, una víctima de las circunstancias, un rebelde, un mártir que lucha contra su creador y la autoridad de éste, ya que piensa que no es justo someterse a él por el sencillo hecho de haberlo creado, este Lucifer prometeano lucha bajo la consigna: Mejor reinar en el infierno que servir en el cielo“.

Gustave Doré, (Estrasburgo, Francia, 6 de enero de 1832 – París, Francia, 23 de enero de 1883) quien ilustró cientos de obras entre los que se cuentan Don Quijote de la Mancha, la Divina Comedia, cuentos infantiles, y hasta la Biblia. Famoso por sus escenas épicas llenas de dramatismo, logra en el Paraíso Perdido su punto álgido, como podemos ver en la ilustración del encabezado, logra capturar perfectamente aquella expresión de víctima, de incomprensión, aquella mirada al vacío, Lucifer no tiene a quién acudir, está completamente solo, mira hacia arriba sabiendo que no habrá nada ni nadie, está solo, depende de él y nadie más, un Lucifer que logra cautivar por completo. Lucifer es el protagonista del poema, y esta fue la primera ilustración de Doré que logró conmoverme completamente y me convenció de leer el poema de Milton. Lucifer es mostrado como un hermoso ser, inconformista, insatisfecho, que captura al lector completamente con su elegancia y estratagemas a la hora de lograr sus cometidos. Es este Lucifer que a pesar de su envidia por los nuevos seres terrenales, los usa para “vengarse” de su creador,  llevándolos a cuestionarse la razón de su existencia e ir más allá, aunque eso signifique el pecado y el fin de su felicidad, pero felicidad a qué precio, ¿al precio de vivir para siempre en la ignorancia? ¡No! Lucifer les ofrece la oportunidad a Adán y Eva de conocer y saber.

“Los Dioses fueron los primeros que existieron, y se prevalen de esta ventaja para hacernos creer que todo procede de ellos, pero lo dudo, porque, al paso que veo esta hermosa tierra que con el calor de los rayos del sol produce tantas cosas, ellos no producen nada. Si lo producen todo, ¿quién ha encerrado la Ciencia del Bien y del Mal en este árbol, de tal suerte que el que come de su fruto adquiere al momento la sabiduría sin su permiso? ¿Cuál sería la ofensa del hombre por alcanzar este conocimiento?”

John Milton (Londres, 9 de diciembre de 1608 – ibídem, 8 de noviembre de 1674) crea este poema con más 10.000 versos escritos sin rima. Epopeya sobre el bien y el mal, el infierno y el paraíso, expuestos como estados de ánimo, la exploración psicológica de estos personajes bíblicos que ya forman parte del inconsciente colectivo, y sus móviles ‘reales’ para sus acciones y consecuencias. En la obra se da un vuelco total a la imagen sacra de estos personajes: aquí Adán no es el ingenuo del Génesis, sino un ser lleno de curiosidad ansioso por descubrir el misterio de la existencia, alguien que abandona todo -incluso la vida eterna- por su amor a Eva. Eva es mostrada como una mujer en extremo hermosa y vanidosa, al ser consciente de su belleza y del amor que Adán le tiene, no duda en manipularlo de cuando en vez, pero no deja de ser una esposa abnegada y fiel. Los arcángeles son seres sometidos y prácticamente irracionales, que defenderán a su creador por sobre todas las cosas. Aquí Dios es descrito como un engreído, egoísta, altanero, omnipotente, un ser a cual el poder se le subió a la cabeza y ha perdido total control de sus actos.

“El Espíritu lleva en sí mismo su propia morada y puede llegar en sí mismo a hacer un Cielo del Infierno o un Infierno del Cielo”

Imaginen lo que sería este poema significó para los puristas cristianos del siglo XVII, si este poema era escrito un siglo atrás, o en la España católica, es seguro que lo habrían condenado a la hoguera o peores castigos, tachándolo de hereje e inmoral entre otros improperios muy de la inquisición.

Para lograr entender el poema de Milton en su totalidad hay que tener un conocimiento enciclopédico de mitos y leyendas de la antigüedad, griegos sobre todo. El uso magistral del lenguaje, el inglés fusionado con latín y griego antiguo, más la sintaxis y prosa única, hacen del documento algo difícil de digerir en primera instancia, y por supuesto en extremo complicado de traducir, es por esto que literatos a lo largo de la historia recomiendan leerlo en su idioma original, y es muy difícil encontrarlo traducido de hecho. Pero la magia del internet nos ha hecho llegar una hermosa versión traducida que dejo a su disposición:

John Milton – Paradise Lost [PDF- Español]

Ahora sí, disfrutemos de las ilustraciones de Doré:

Lucifer

 

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Visita al Diablo Mundo IV: Antón Chéjov y Konstantín Stanislavski

Antón Chéjov y Konstantín Stanislavski

Antón Chéjov y Konstantín Stanislavski

Si estuvieran en mis zapatos sabrían la alegría que me produce saber que hoy recordamos un aniversario más del nacimiento del gran Antón Chéjov, del cual pensé haber escrito hace mucho en esta sección del Diablo Mundo pero estaba equivocado, así que no hay mejor oportunidad de recordar a alguien que en el día de su cumpleaños. Pero Chéjov no viene solo, no, viene acompañado de su amigo Konstantín Stanislavski y una hermosa historia que cambió el mundo del teatro y la actuación para siempre.

Chéjov empezaría a escribir para ayudar a su familia inmersa en graves problemas económicos, nuestro amigo nunca se imaginó que sería tan bueno en ésto que de repente le llegó la fama. Sus primeras obras eran principalmente relatos cortos y cuentos, luego se aventuraría a escribir novelas y hasta obras de teatro, las cuales son su impronta más reconocida. La principal característica de su trabajo era la frustración que sentían sus personajes, sueños rotos envueltos en melancolía y pasividad, características con las que gran parte de la población rusa se identificada. Su obra como dramaturgo es la que servirá como nexo para los acontecimientos que serán relatados a continuación.

Generalmente la crítica especializada menciona a 4 obras teatrales como las Magnum opus de Chéjov, estas son: La Gaviota, Tío Vania , Las tres hermanas y El jardín de los cerezos. La primera que fue puesta en escena fue La Gaviota, la cual resultó ser un rotundo fracaso sumiendo a Chéjov en una profunda depresión que lo haría decir que jamás volvería a escribir una obra de teatro, fue un duro golpe al ego sin dudas. Pero por suerte para nuestro buen Antón, entre sus ‘fanáticos’ se encontraba otro dramaturgo, además de director escénico, llamado  Vladímir Ivánovich Nemiróvich-Dánchenko (nadie como los rusos para los nombres cortos), al que solo, y por el bien de mis dedos y de sus ojos, llamaremos Danchenko. Pues bien, Danchenko veía en las obras de Chéjov el futuro de la literatura y del teatro, tan entusiasta con las obras de Chéjov era, que no dudó en proponer a Chéjov una nueva adaptación de su obra La Gaviota, pero esta vez dirigida por un gran amigo de él, un amigo con el que recientemente había fundado el que luego sería legendario Teatro de Arte de Moscú, sí sí, ése mismo, este amigo era ni más ni menos que Konstantín Stanislavski.

Stanislavski y Danchenko

Stanislavski y Danchenko

Stanislavski, al contrario que su compañero Danchenko no era para nada entusiasta de Chéjov, es más, La Gaviota le parecía una obra muy aburrida, Konstantin no alcanzaba a comprender el porqué a alguien se le ocurriría escribir sobre hechos tan cotidianos de la vida. Así que al principio dudó en tomarla bajo su ala, pero gracias a la insistencia de Danchenko se llevó a cabo el suceso que revolucionaría por completo la forma de interpretación y actuación. El punto clave para que se de ésto fue el Naturalismo, motor absoluto del pensamiento literario a fines del siglo XIX, y motor de las obras y métodos de Chéjov y Stanislavski. El Naturalismo buscaba escapar de todo lo asociado con el romanticismo, es decir, los excesos líricos, que por esas épocas llegó a ser de muy mal gusto, los textos metafóricos y subjetivos, y la sobre actuación. El Naturalismo buscaba, tal como su nombre lo indica, la naturalidad de comportamientos y sentimientos, tal cual como un hombre ‘normal’ lo siente y expresaría. Se aleja mucho de los melodramas del período clásico y se adentra más en los dramas de la vida cotidiana. El punto clave de la transición entre romanticismo y naturalismo se da, precisamente, gracias a Chéjov y Stanislavski, ahora, luego de esta divagación de conceptos, volvemos a la historia.

Chéjov siempre se quejaba de la falta de naturalidad cuando intentaban poner en escena sus obras, siempre soltaba comentarios como: “-Está bien, pero hacen demasiado teatro. Un poco menos de teatro sería mejor… Hay que hacerlo completamente sencillo… tal como se hace habitualmente en la vida. Pero cómo conseguirlo en la escena, eso ya no lo sé. ¡Ustedes lo saben mejor que yo!”. O eso pensaba él, pero la realidad era que los pobres actores y directores no tenían idea de cómo satisfacer las exigencias de nuestro amigo Antón, pero oh, Dios los hace y ellos se juntan, para cada roto hay un descocido, no hay mal que árbol torcido, y demás refranes chapulinescos, me refiero a que Stanislavski había fundado un nuevo método de actuación basado en el naturalismo que caía perfectamente con el ideal actoral que veía Chéjov y no podía encontrar en ningún lado. El método Stanislavski consistía (y consiste) en que el actor debe identificarse por completo con el personaje que está interpretando, es decir, convertirse en el personaje , reaccionar y pensar como él, y mostrar éso al público. Para conseguir la aplicación correcta de su método,  estimulaba la imaginación, la capacidad de improvisación, la relajación muscular, la respuesta inmediata a una situación imprevista.  Quizá ahora parezca algo muy común, lo vemos continuamente en el cine, pero ¿quién lo inició? Sí, así es, fue nuestro buen amigo Stanislavski.

Chéjov leyendo La gaviota al Teatro de Arte de Moscú junto Stanislavski y Danchenko

Chéjov leyendo La gaviota al Teatro de Arte de Moscú junto Stanislavski y Danchenko (1898)

Como se esperaba, la adaptación de La Gaviota dirigida por Stanislavski fue un rotundo éxito, gracias a este éxito luego se estrenaron las 3 restantes magnus opus de Chéjov y el Teatro de Arte de Moscú pasó a ser el más importante en toda Rusia. Chéjov quedó inmortalizado gracias a estas obras, y Stanislavski  se convertiría en el fundador del método que luego sería utilizado en el mundo cinematográfico y así ha llegado hasta nuestros días, cambió por completo el mundo de la actuación y la interpretación. La forma de ver la vida cotidiana que tuvo Chéjov en sus obras fue el gran catalizador para que Stanislavski pueda dar rienda suelta a su nueva forma de ver la actuación. Con obras de corte Shakespereano, u otros clásicos, quizá jamás lo habría logrado tan pronto. Chéjov y Stanislavski son otra prueba de aquella especie de simbiosis, ♪ lo dijo mi psicóloga ♪. Daré por terminado aquí este post, pero les recomiendo buscar más anécdotas sobre el encuentro de estos dos, y por supuesto leer las obras de Chéjov, y el método Stanislavski lo pueden encontrar sobre todo en las actuaciones de Al Pacino: Scarface anyone?


Visita al Diablo Mundo II: Simbolismo Impresionista

Strindberg Storm in the Skerries (The Flying Dutchman), 1892

Seguimos con un poco más de pasajes literarios, rescatando a los caídos, ensalzando a los malditos, nuevamente nos acompaña luz, sombra, desesperación, lujuria, crueldad, amor. Les presentaré otros amigos del siglo XIX representantes del simbolismo, naturalismo que reemplazó al romanticismo, y precedió al impresionismo.

August Strindberg

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El sueco atormentado acusado de misoginia que llevó al teatro a otro nivel y su influencia se sigue sintiendo hasta nuestros días. Admirado por Kafka, Nietzsche, su impronta en el drama moderno despunta junto al de su compatriota Ibsen y el ruso Chéjov. Parte de su obra viene de su visión pesimista del mundo, producto -dicho por él mismo- de la crueldad con que éste lo había tratado. En la segunda parte de su vida luego de varios matrimonios fracasados, una crisis mental que él llamaba “crisis de Inferno”, y una gira por Europa, vuelve con un marcado estilo simbolista inspirado, entre otras cosas, en el esoterismo y la alquimia que tanto le fascinaba. Adelantado a su época sería un proto expresionista y prepara el espacio para las vanguardias que se vendrían en el siglo XX.

El sueño (fragmento)

” La tierra no esta limpia
la vida no es buena
los hombres no son malos
tampoco son buenos
una vez al dia
los hijos del polvo
en el polvo deben divagar
nacidos del polvo
al polvo regresan
les dieron pies para arrastrar los pasos
no alas.
La culpa es de ellos
o vuestra? 

Stéphane Mallarmé

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Entre las gigantes figuras de Baudelaire, Verlaine, y Rimbaud se esconde el pisciano Stéphane Mallarmé, quizá el más recatado y uno de los más interesantes poetas designado como ‘maldito’ por su amigo Paul Verlaine. Un perfeccionista con todas sus letras, se pasaba semanas y meses corrigiendo toda su obra, dueño de un marcado estilo estético que lo llevó a ser reconocido como maestro de la poesía francesa. Estandarte del movimiento simbolista, inspiró a Claude Debussy y Maurice Ravel -compositores del impresionismo por excelencia- a musicalizar algunas de sus obras.

Aparición
La luna se entristecía. Serafines llorando
sueñan, el arquillo en los dedos, en la calma de las flores
vaporosas, sacaban de las lánguidas violas
blancos sollozos resbalando por el azul de las corolas.

Era el día bendito de tu primer beso.
Mi ensueño que se complace en martirizarme
se embriagaba sabiamente con el perfume de tristeza
que incluso sin pena y sin disgusto deja
el recoger de su sueño al corazón que lo ha acogido.

Vagaba, pues, con la mirada fija en el viejo enlosado,
cuando con el sol en los cabellos, en la calle
y en la tarde, tú te me apareciste sonriente,
y yo creí ver el hada del brillante sombrero,
que otrora aparecía en mis sueños de niño
mimado, dejando siempre, de sus manos mal cerradas,
cien blancos ramilletes de estrellas perfumadas.

Claude Debussy – Preludio para la Siesta de un Fauno

Maurice Ravel – Trois Poèmes de Stéphan Mallarmé (1913)


Visita al Diablo Mundo.

William Blake >> Torbellino de amantes

Aunque el blog es principalmente de música, si lo exploran encontrarán temas diversos, sobre todo si clickean en ‘artículos varios’ y demás etiquetas que ya no recuerdo. Pues este año se me ha dado por estrenarlo con 4 poemas de 4 literatos quizá no tan conocidos o no tan populares, todos pertenecientes a la era del Romanticismo y unidos por tres temas en particular: la desesperación, incomprensión, y el desengaño. Lo sé, demasiado positivo y para nada pesimista para empezar el año, pero es lo que hay amigos, es lo que hay. He escogido a estos 4 porque encarnan perfectamente el arquetipo de poeta, bohemio trágico con los que nos llegamos a identificar en cierto punto de nuestras vidas. Nuestros elegidos son Giacomo Leopardi (Italia), Alfred de Vigny (Francia), Friedrich Hölderlin  (Alemania), José de Espronceda (España).

Giacomo Leopardi. 

Giacomo Leopardi

Este italiano canceriano inspirado en las obras de la Grecia clásica, debido a varias experiencias personales cae en un pesimismo rotundo que lo haría empezar a desear la muerte a muy temprana edad, su obra se basa en la desolación espiritual que sentía. Como pocos, lo que él más ansiaba era la nada, así de simple, y en ésto nos identificamos con este señor.  Quizá la meta de la vida es que no tiene meta alguna, más que la nada, Giacomo nos dice: ‘El género humano no creerá nunca no saber nada, no ser nada, no poder llegar a alcanzar nada. Ningún filósofo que enseñase una de estas tres cosas habría fortuna ni haría secta…’

A la luna. Canto XIV

Oh tú, graciosa luna, bien recuerdo
que sobre esta colina, ahora hace un año,
angustiado venía a contemplarte:
y tú te alzabas sobre aquel boscaje
como ahora, que todo lo iluminas.
Mas trémulo y nublado por el llanto
que asomaba a mis párpados, tu rostro
se ofrecía a mis ojos, pues doliente
era mi vida: y aún lo es, no cambia,
oh mi luna querida. Y aún me alegra
el recordar y el renovar el tiempo
de mi dolor. ¡Oh, qué dichoso es
en la edad juvenil, cuando aún tan larga
es la esperanza y breve la memoria,
el recordar las cosas ya pasadas,
aun tristes, y aunque duren las fatigas!

Alfred de Vigny

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El ariano francés de familia aristócrata, con interés en el budismo y con mala suerte en el amor, decía que era filósofo antes que poeta, eterno incomprendido en una sociedad que lo admiraba y él no atinaba a saber el porqué, la soledad de un hombre que se sabe y se siente superior a los demás es el nexo con nosotros y elemento fundamental de su obra.

La Casa del Pastor (Fragmento)

Si está tu corazón por la vida abrumado,
debatiéndose, a rastras como un águila herida,
como el mío llevando en sus alas inútiles
todo un mundo fatal, humillante y helado;
si al latir se desangra por su llaga inmortal,
si el amor ya no ve como estrella más fiel
que antes le iluminaba el borrado horizonte;

Si está tu alma lo mismo que la mía en cadenas,
harta de su grillete y de su amargo pan,
abandona tu remo en la oscura galera
e inclinándote llora sobre el agua del mar
cual si en él encontrases un camino ignorado,
y estremécete al ver en tus hombros desnudos
esa marca infamante que escribieron con hierro…

 Friedrich Hölderlin

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Pisciano alemán de formación clásica y gran influencia para filósofos como Hegel y  Friedrich Schelling, eterno enamorado, amante apasionado de un amor prohibido: su eterna Diotima (Susette Gontard, esposa de un banquero para el que trabajaba) a quien dedicará gran parte de su obra, perdió la razón en la mitad de su vida y pasó 30 tristes años acompañado de ella hasta que le llegó la salvadora muerte.

El consenso público

¿No es más bella la vida de mi corazón
desde que amo? ¿Por qué me distinguíais más
cuando yo era más arrogante y arisco,
más locuaz y más vacío?

¡Ah! La muchedumbre prefiere lo que se cotiza,
las almas serviles sólo respetan lo violento.
Únicamente creen en lo divino
aquellos que también lo son.

José de Espronceda

José de Espronceda

Ariano español con el talante de Lord Byron que lo hace el príncipe de los románticos españoles, el poeta del desengaño, bohemio de vida desenfrenada, inspirado en el ‘Fausto’ de Goethe crea una de las mayores obras de la literatura española: El Diablo Mundo.

Diablo Mundo (Fragmento)

¿Visteis la luna reflejar serena
entre las aguas de la mar sombría,
cuando se calma nuestra amarga pena
y siente el corazón melancolía?
¿Y el mar que allá a lo lejos se dilata
imagen de la oscura eternidad,
y el horizonte azul bañado en plata
rico dosel que desvanece el mar?
¿Y de aura sutil que se desliza
por las aguas, oísteis el murmullo,
cuando las olas argentadas riza
con blanca queja y con doliente arrullo?
¿Y sentisteis tal vez un tierno encanto,
una voz que regala al corazón,
dulce, inefable y misterioso canto
de vago afán e incomprensible amor?