El Conde de Lautréamont y Dolores Veintimilla; los suicidados del tiempo y su nexo

El Conde de Lautréamont y Dolores Veintimilla

El Conde de Lautréamont y Dolores Veintimilla

Siempre es grato encontrarse con estos ‘encuentros imposibles’ literarios, sobre todo con éste que parece tan inverosímil; el proto-surrealista Lautréamont (1846 -1870) y la proto-decapitada Dolores Veintimilla (1829 – 1857). ¿Cómo fue que el poeta uruguayo-francés tan famoso en todo círculo artístico llegó a conocer a la poetisa ecuatoriana de la que aún en su país de origen sigue siendo una desconocida? Es algo grato en verdad. A continuación el párrafo, extracto de su Poésies I, donde Isidore Lucien Ducasse (verdadero nombre del Conde) menciona a Dolores: 

Constato, con amargura, que no quedan más que algunas gotas de sangre en las arterias de nuestras tísicas épocas. Desde los lloriqueos odiosos y especiales, patentados sin garantía de un punto de referencia, de los Jean-Jacques Rousseau, de los Chateaubriand y de las nodrizas con bragas de niño de pecho Obermann, a través de los demás poetas que se han revolcado en el fango impuro, hasta el sueño de Jean-Paul, el suicidio de Dolores Veintimilla, el Cuervo de Alían, la Comedia Infernal del polaco, los ojos sanguinarios de Zorrilla, y el inmortal cáncer. Una Carroña, que pintó antaño, con amor, el amante mórbido de la Venus hotentote, los dolores inverosímiles que este siglo ha creado para sí mismo, en su querer monótono y repugnante, lo han vuelto tísico. ¡Larvas absorbentes en su letargo insoportable!

Para muchos esta mención no pasará de una nimiedad sin importancia y sin relevancia histórica, pero para el amante de la literatura -sobre todo el ecuatoriano- significa algo por demás relevante. Se trata de uno de los grandes exponentes de la literatura mundial y su conocimiento de una de las poetisas más importantes del país, en tiempos que ésta no era conocida ‘ni por su mamá’ como reza el vulgo, aquí radica la extrañeza del suceso y precisamente por esto ha sido materia de estudio e investigación a lo largo de siglos. Hace poco (2012) el investigador uruguayo Ruperto Long llegaba al país con un libro sobre la vida del Conde donde mencionaba su conexión con Veintimilla, ‘agitando el avispero’ del círculo intelecual/oide ecuatoriano y dejar sobre la mesa la investigación del cómo se dio el nexo.

Este dilema, sin embargo, al parecer ya ha sido solucionado por la investigadora ecuatoriana María Helena Barrera-Agarwal quien menciona que muy probablemente se dio gracias al escritor peruano Ricardo Palma, quien en 1861 publicaba un ensayo sobre Dolores y su trágico suicidio. Este ensayo pudo haber llegado a manos de Isidore en una de sus visitas a su natal Uruguay, ya que Palma tenía gran difusión en Sudamérica, y tan tan, fin del misterio. ¿O acaso todavía no? La verdadera respuesta la sabremos en una de aquellas visitas pagadas en la máquina del tiempo, por ahora solo nos toca seguir imaginando. 

Aparte de este entrelazo literario, las dos figuras comparten más puntos en común: el haber fallecido jóvenes por ejemplo, Isidore víctima de una misteriosa fiebre y Dolores tomando cianuro de potasio acabando así con su vida llena de problemas personales; prácticamente desconocidos y menospreciados en su tiempo; reconocidos por el público y la crítica solo después de su muerte; ser considerados pioneros y hasta mártires de movimientos artísticos que ellos no llegarían a ver, el Dadaismo de Tristan Tzara y el Surrealismo de André Breton en el caso del Conde, y los textos de la Generación Decapitada en el caso de Dolores. 

La obra más famosa del Conde es, sin duda, los Cantos de Maldoror, el único libro que llegó a publicar en vida, epítome de ‘maldad’ pura y cuna de imágenes surrealistas y versos dadá, sus textos les serán muy familiares a lo que han visto parir de Dalí y Buñuel. Con esta obra el Conde alcanzó la inmortalidad logrando calar hasta lo más hondo de cada generación que llega a leerlo y llegando a inspirar nuevas formas de hacer arte, como ya lo hemos visto. En el caso de Dolores, su poesía fue casi totalmente destruida por ella misma, sin embargo algunos poemas han sido recopilados, siendo el más famoso el hermoso poema titulado Quejas, donde expresa su dolor de una forma sublime. Espero que con esto se incremente la atención a la obra de poetas ecuatorianos, obra por demás desconocida e infravalorada sobre todo por los mismos ecuatorianos. Por supuesto que me quedo corto al “reseñar” a estos monstruos de la literatura, pero estoy seguro ya los revisitaremos en otra ocasión. En el adiós se llega a las poesías:

Los cantos de Maldoror, Canto Sexto [Fragmento]

La suma de los días no cuenta ya cuando se trata de apreciar la capacidad intelectual de un rostro serio. Sé leer la edad en las líneas fisiognómicas de la frente: ¡tiene dieciséis años y cuatro meses! Es bello como la retractilidad de las garras en las aves de rapiña; o, también, como la incertidumbre de los movimientos musculares en las llagas de las partes blandas de la región cervical posterior; o mejor, como esa ratonera perpetua, constantemente tendida de nuevo por el animal atrapado, que puede cazar por sí sola, indefinidamente, roedores y funcionar, incluso, oculta bajo la paja; y, sobre todo, como el encuentro fortuito de una máquina de coser y un paraguas en una mesa de disección.

Dolores Veintimilla – Quejas

¡Y amarle pude!… al sol de la existencia
se abría apenas soñadora el alma…
Perdió mi pobre corazón su calma
desde el fatal instante en que le halle.
Sus palabras sonaron en mi oído
como música blanda y deliciosa;
subió a mi rostro el tinte de la rosa;
como la hoja en el árbol vacilé.
Su imagen en el sueño me acosaba
siempre halagüeña, siempre enamorada;
mil veces sorprendiste, madre amada,
en mi boca un suspiro abrasador.
Y era él quien lo arrancaba de mi pecho
él, la fascinación de mis sentidos;
él, ideal de mis sueños más queridos;
él, mi primero, mi ferviente amor.
Sin él, para mí, el campo placentero
en vez de flores me obsequiaba abrojos
sin él eran sombríos a mis ojos
del sol los rayos en el mes de abril.
Vivía de su vida aprisionada;
era el centro de mi alma el amor suyo,
era mi aspiración, era mi orgullo…
¿Por qué tan presto me olvidaba el vil?
No es mío ya su amor que a otra prefiere
sus caricias son frías como el hielo.
Es mentira su fe, finge desvelo…
Mas no me engañará con su ficción.
¡Y amarle pude delirante, loca!
¡No! mi altivez no sufre su maltrato;
y si a olvidar no alcanzas al ingrato
¡te arrancaré del pecho, corazón!

El Conde de Lautréamont – Poésies I

Lautreamont

Es muy raro que haga esto, pero he decidido ceder mi espacio a otro autor, sí, lo siguiente que leerán es enteramente de otro autor, post necesario para la comprensión de uno subsecuente. Es raro por lo celoso y cuidadoso que soy con mi blog, siendo el autor de todas las entradas, claro, citando a muchos autores pero nunca dejándoles que hablen por mí páginas enteras, plagios inconscientes también deben existir muchos, pero como decía mi invitado de hoy: El plagio es necesario. Está implícito en la idea de progreso. Por supuesto espero no haber incurrido en aquello. Pero ¿quién es mi invitado se preguntan? Pues un viejo conocido del blog y de ustedes, todo un héroe de las letras, considerado en Francia hasta más importante que Rimbaud, sí, ¡adivinaron! Con ustedes El Conde de Lautréamont y su prólogo de Poésies I: 

 

Los gemidos poéticos de este siglo son sólo sofismas. Los primeros principios deben estar fuera de discusión.

Acepto a Eurípides y a Sófocles, pero no acepto a Esquilo.

No deis muestra de carecer. de la más elemental decencia y del mal gusto hacia el Creador.

Rechazad la incredulidad: me causaréis placer.

No existen dos clases de poesía; sólo hay una.

Existe una convención poco tácita entre el autor y el lector, por la cual el primero se denomina enfermo, y acepta al segundo como enfermero. ¡El poeta es quien consuela a la humanidad! Los papeles están arbitrariamente invertidos.

No quiero ser mancillado con el calificativo de presuntuoso.

No dejaré memorias.

La poesía no es la tempestad, tampoco el ciclón. Es un río majestuoso y fértil.

Solamente admitiendo la noche físicamente, se le ha llegado a aceptar moralmente. ¡Oh Noches de Young!, ¡cuántas jaquecas me habéis causado!

Se sueña sólo cuando se duerme. Son palabras como sueño, nada de la vida, paso por la tierra, la preposición tal vez, el trípode desordenado, quienes han infiltrado en vuestras almas esa poesía húmeda de languideces, semejante a la podredumbre. De las palabras a las ideas sólo hay un paso.

Las perturbaciones, las ansiedades, las depravaciones, la muerte, las excepciones en el orden físico o moral, el espíritu de negación, los embrutecimientos, las alucinaciones servidas por la voluntad, los tormentos, la destrucción, los trastornos, las lágrimas, las insaciabilidades, los servilismos, las imaginaciones penetrantes, las novelas, lo inesperado, lo que no hay que hacer, las singularidades químicas del buitre misterioso que acecha la carroña de alguna ilusión muerta, las experiencias precoces y abortadas, las oscuridades con caparazón de chinche, la monomanía terrible del orgullo, la inoculación de los estupores profundos, las oraciones fúnebres, las envidias, las traiciones, las tiranías, las impiedades, las irritaciones, las acrimonias, los despropósitos agresivos, la demencia, el spleen, los espantos razonados, las inquietudes extrañas que el lector preferiría no sentir, las muecas, las neurosis, las hileras sangrantes por las cuales se hace pasar la lógica acorralada, las exageraciones, la ausencia de sinceridad, las burlas, las vulgaridades, lo sombrío, lo lúgubre, los partos peores que los crímenes, las pasiones, el clan de los novelistas de tribunales, las tragedias, las odas, los melodramas, los extremos presentados a perpetuidad, la razón impunemente silbada, los olores de los cobardes, las desazones, las ranas, los pulpos, los tiburones, el simún del desierto, lo sonámbulo, turbio, nocturno, somnífero, noctámbulo, viscoso, foca parlante, equívoco, tuberculoso, eespasmódico afrodisíaco, anímico, tuerto, hermafrodita, bastardo, albino, pederasta, fenómeno de acuario y mujer bar-buda, las horas borrachas de desencanto taciturno, las fantasías, las acritudes, los monstruos, los silogismos desmoralizadores, las basuras, lo que no reflexiona como el niño, la desolación, el manzanillo intelectual, los chancros perfumados, las nalgas con camelias, la culpabilidad de un escritor que rueda por la pendiente de la nada y se desprecia a sí mismo con gritos alegres, los remordimientos, las hipocresías, las perspectivas vagas que os trituran con sus engranajes imperceptibles, los serios escupitajos sobre los axiomas sagrados, los piojos y sus cosquilleos insinuantes, los prefacios insensatos, como los de Cromwell, la señorita de Maum y de Dumas hijo, las caducidades, las impotencias, las blasfemias, las asfixias, los ahogos, las rabias ante esos osarios inmundos que hacen que enrojezca al nombrarlos, es hora de reaccionar ya contra lo que nos lastima y nos doblega tan soberanamente.

Vuestro espíritu es arrastrado continuamente fuera de sus casillas y, sorprendido en la trampa de las tinieblas, construido con arte grosero por el egoísmo y el amor propio.

El gusto es la cualidad fundamental que resume a todas las demás cualidades. Es el nec plus ultra de la inteligencia. A él sólo se debe que el genio sea la salud suprema y el equilibrio de todas las facultades. Villemain es treinticúatro veces más inteligente que Eugene Sue y Frédéric Soulié. Su prefacio al Diccionario de la Academia verá la muerte de las novelas de Walter Scott, de Fenimore Cooper, de todas las novelas posibles e imaginables. La novela es un género falso, porque describe las pasiones por sí mismas: la conclusión moral está ausente. Describir las pasiones no es nada; basta con nacer un poco chacal, un poco buitre, un poco pantera. No nos interesa nada. Describirías, para someterlas a una elevada moralidad, como Corneille, es otra cosa. El que se abstenga de hacer lo primero, siendo capaz de admirar y comprender a quienes les es dado hacer lo segundo, sobrepasa, con toda la superioridad de las virtudes sobre los vicios, al que hace lo primero.

Es suficiente que un profesor de segundo curso se diga: «Aunque me dieran todos los tesoros del universo, no querría haber escrito novelas parecidas a las de Balzac y Alejandro Dumas», para que, por eso sólo, sea más inteligente que Alejando Dumas y Balzac. Es suficiente que un alumno de tercero se haya convencido de que no hay que cantar las deformidades físicas e intelectuales, para que, por eso sólo, sea más fuerte, más capaz, más inteligente que Victor Hugo, si sólo hubiera escrito novelas, dramas y cartas.

Alejandro Dumas hijo jamás pronunciará un discurso de distribución de premios en un liceo. No sabe lo que es la moral. Ésta no transige. Si la pronunciara, antes tendría que tachar de un plumazo todo lo que ha escrito hasta ahora, comenzando por sus absurdos prefacios. Reunid un jurado de hombres competentes: sostengo que un buen alumno de segundo es más fuerte que él en no importa qué, incluso en la sucia cuestión de las cortesanas.

Las obras maestras de la lengua francesa son los discursos de distribución en los liceos y los discursos académicos. En efecto, la instrucción de la juventud es la más bella expresión del deber, y una buena apreciación de las obras de Voltaire (profundizad en la palabra apreciación) es preferible a las obras mismas. ¡ Naturalmente!

Los mejores autores de novelas y de dramas desnaturalizarían a la larga la famosa idea del bien, silos cuerpos docentes, conservadores de lo justo, no mantuvieran a las generaciones jóvenes y viejas en el camino de la honestidad y el trabajo.

En su propio nombre, y a su pesar, si es preciso, vengo a renegar, con voluntad indómita y férrea tenacidad, del horrible pasado de la llorona humanidad. Si: quiero proclamar lo bello en una lira de oro, excepción hecha de las tristezas escrofulosas y de las jactancias estúpidas que descomponen, en su frente, a la poesía cenagosa de este siglo. Pisotearé con mis pies las estrofas agrias del excepticismo, que no tiene razón de ser. El juicio, una vez introducido en la eflorescencia de su energía, imperioso y resuelto, sin oscilar un segundo en las incertidumbres irrisorias de una piedad mal situada, como un procurador general, fatídicamente las condena. Hay que velar sin descanso sobre los insomnios purulentos y las pesadillas atrabiliarias. Desprecio y execro el orgullo y las voluptuosidades infames de una ironía, convertida en rémora, que desplaza la exactitud del pensamiento.

Algunos caracteres excesivamente inteligentes, no hay por qué invalidarlos con palinodias de dudoso gusto, se han arrojado a ciegas en los brazos del mal. El ajenjo, que no creo sabroso, sino nocivo, mató moralmente al autor de Rolla. ¡Ay de los golosos! Apenas había entrado en la edad madura el aristócrata inglés, cuando su arpa se quebró bajo los muros de Missolonghi, después de haber recogido a su paso las flores que encubren el opio de los tristes aniquilamientos.

Aunque superior a los genios corrientes, si hubiera encontrado en su tiempo a otro poeta, dotado como él de similares dosis de una inteligencia excepcional, y capaz de presentarse como su rival, habría sido el primero en confesar la inutilidad de sus esfuerzos para producir maldiciones disparatadas, y que el bien exclusivo sólo es declarado digno de apropiarse de nuestra estima por la voz de la totalidad de los mundos. El hecho es que no existió nadie que lo combatiera con ventaja. Esto es lo que nunca se ha dicho. ¡Cosa extraña!, incluso al hojear los libros y cuadernos de su época, a ningún crítico se le ocurrió poner de relieve el riguroso silogismo que precede. Y no es sino aquel que lo supere quien pueda haberlo inventado. Tan llenos estaban de estupor y de inquietud, más que de reflexiva admiración, ante obras escritas por una mano pérfida, pero que sin embargo revelaban las imponentes manifestaciones de un alma que no pertenecía al común de los hombres, y que se encontraba cómoda entre las últimas consecuencias de uno de los dos problemas menos oscuros que interesan a los corazones no solitarios: el bien, el mal. A cualquiera no le es dado abordar los extremos, sea en un sentido, sea en otro. Esto éxplica por qué -aunque se elogie, sin segunda intención, la inteligencia maravillosa que de-nota a cada instante, él, uno de los cuatro o cinco faros de la humanidad- se hacen en silencio numerosas reservas sobre las aplicaciones y el empleo injustificables que de ella se ha hecho a sabiendas. No hubiera debido recorrer los dominios satánicos.

La rebelión feroz de los Troppmann, de los Napoleón 1, de los Papavoine, de los Byron, de los Victor Noir y de las Charlotte Corday será mantenida a distancia de mi severa mirada. A esos grandes criminales., de títulos tan diversos, los aparto con un gesto. ¿A quién creen engañar aquí?, pregunto con una lentitud que se intetpone. ¡Oh caballitos de presidio! ¡Pompas de jabón! ¡Muñecos de tripa! ¡Cordones usados! Que se aproximen los Konrad, los Manfred, los Lara, los marinos que se parecen al Corsario, los Mefistófeles, los Werther, los Don Juan, los Fausto, los Yago, los Rodin, los Calígula, los Cain, los Iridion, las arpías a la manera de Colomba, los Ahrimán, los manitúes maniqueos, embadurnados de sesos, que guardan la sangre de sus víctimas en las pagodas sagradas del Indostán, la serpiente, el sapo y el cocodrilo, divinidades consideradas como anormales del antiguo egipto, los hechiceros y las potencias demoniacas de la Edad Media, los Prometeo, los Titanes de la mitología fulminados por los Júpiter, los Dioses Malignos vomitados por la imaginación primitiva de los pueblos bárbaros -toda la serie escandalosa de los diablos de cartón. Con la certeza de vencerlos, tomo la fusta de la indignación y de la concentración que sopesa, y espero a esos monstruos a pie firme, como su previsto domador.

Hay escritores denigrados, peligrosos bufones, truhanes de tres al cuarto, sombríos mistificadores, verdaderos alienados, que merecerían poblar Bicetre. Sus cabezas cretinoides, de las que se ha quitado una teja, crean fantasmas gigantescos que descienden en lugar de subir. Ejercicio escabroso; gimnasia especiosa. Pasa, pues, grotesco petimetre. Por favor, alejaos de mi presencia, fabricantes al por mayor de acertijos prohibidos, en los cuales no percibía antes, al primer golpe, como hoy, el secreto de la solución frívola. Caso patológico de un egoísmo formidable. Autómatas fantásticos: señalaos con el dedo uno a otro, hijos míos, el epíteto que los vuelva a su lugar.

Si existiesen, bajo una plástica realidad, en alguna parte, a pesar de su inteligencia probada, aunque engañosa, serían el oprobio, la hiel de los planetas que hábitarían, la vergúenza. Imagináoslos, por un instante, reunidos en sociedad con substancias que fueran sus semejantes. Sería una sucesión ininterrumpida de combates que no hubiera soñado los dogos, prohibidos en Francia, los tiburones y los cachalotes macrocéfalos. Serían torrentes de sangre en esas regiones caóticas llenas de hidras y de minotauros, de donde la paloma, asustada siempre, huye a todo vuelo. Sería un amontonamiento de bestias apocalípticas que no ignoran lo que hacen. Serían choques de pasiones, de irreconcilabilidades y de ambiciones, a través de los aullidos de un orgullo que no se deja leer, que se contiene, y cuyos escollos y bajos fondos nadie puede, ni siquiera aproximadamente, sondear.

Pero no se me impondrán más. Sufrir es una debilidad, cuando uno puede impedirlo y hacer algo mejor. Exhalar los sufrimientos de un esplendor no equilibrado, es demostrar, ¡oh moribundos de las marismas perversas!, todavía menos resistencia y valor. Con mi voz y mi solemnidad de los grandes días, te llamo de nuevo en mis desiertos hogares, gloriosa esperanza. Ven a sentarte junto a mí, envuelta en tu manto de ilusiones, sobre el trípode razonable de los apaciguamientos. Como un muelle que se desecha, te arrojé de mi morada, con un látigo de cuerdas de escorpiones. Si deseas que esté persuadido de que has olvidado, al regresar a mi casa, las penas que, bajo el indicio de los arrepentimientos, te causé en otro tiempo, trae contigo entonces, cortejo sublime -¡sostenedme, que me desmayo!-, las virtudes ofendidas y sus imperecederas reparaciones.

Constato, con amargura, que no quedan más que algunas gotas de sangre en las arterias de nuestras tísicas épocas. Desde los lloriqueos odiosos y especiales, patentados sin.garantía de un punto de referencia, de los Jean-Jacques Rousseau, de los Chateaubriand y de las nodrizas con bragas de niño de pecho Obermann, a través de los demás poetas que se han revolcado en el fango impuro, hasta el sueño de Jean-Paul, el suicidio de Dolores Veintimilla, el Cuervo de Alían, la Comedia Infernal del polaco, los ojos sanguinarios de Zorrilla, y el inmortal cáncer. Una Carroña, que pintó antaño, con amor, el amante mórbido de la Venus hotentote, los dolores inverosímiles que este siglo ha creado para sí mismo, en su querer monótono y repugnante, lo han vuelto tísico. ¡Larvas absorbentes en su letargo insoportable!

Vamos, música.

Sí, buenas gentes, soy yo quien ordena quemar, sobre una badila enrojecida al fuego, con un poco de azúcar amarilla, el pato de la duda con labios de vermut, que derramando, en una lucha melancólica entre el bien y el mal, lágrimas que no llegan del corazón, sin máquina neumática, hace en todas partes el vacío universal. Es lo mejor que podéis hacer.

La desesperación, nutriéndose con un propósito decidido de sus fantasmagorías, conduce imperturbablemente al literato a la abrogación en masa de las leyes divinas y sociales, y a la perversidad teórica y práctica. En una palabra, hacer que predomine el trasero humano en los razonamientos. ¡Vamos, dadme la palabra! Uno se vuelve malo, lo repito, y los ojos toman el tinte de los condenados a muerte. No retiraré lo que adelanto. Quiero que mi poesía pueda ser leída por una muchacha de catorce años.

El verdadero dolor es incompatible con la esperanza. Por muy grande que sea ese dolor, la esperanza aún se alza a cien codos más arriba. Por tanto, dejadme tranquilo con los buscadores. ¡Abajo las patas, abajo, perras ridículas, pretenciosos, presumidos! Lo que sufre, lo que diseca los misterios que nos rodean, ya no espera. La poesía que discute las verdades necesarias es menos bella que la que no las discute. Indecisiones a ultranza, talento mal empleado, pérdida de tiempo: nada será tan fácil de comprobar.

Cantar a Adamastor, Jocelyn, Rocambole, es pueril. No porque el autor espere que el lector sobreentienda que perdonará a sus héroes, sino porque se traiciona a sí mismo y se apoya sobre el bien para hacer pasar la descripción del mal. En nombre de esas mismas virtudes que Frank ha desconocido, nosotros queremos soportarlo, oh saltimbanquis de los malestares incurables.

¡No hagáis como esos exploradores sin pudor, espléndidos de melancolía a sus ojos, que encuentran cosas desconocidas en sus espíritus y en sus cuerpos!

La melancolía y la tristeza son ya el comienzo de la duda; la duda es el comienzo de la desesperación; la desesperación es el comienzo cruel de los diferentes grados de la maldad. Para que os convenzáis de ello, leed la Confesión de un hijo del siglo. La pendiente es fatal, una vez que uno se arroja por ella. Es seguro que se llaga a la maldad. Desconfiad de la pendiente. Extirpad el mal de raíz. No estimuléis el culto de adjetivos tales como indescriptible, inenarrable, rutilante, incomparable, colosal, que mienten desvergonzadamente a los sustantivos que desfiguran: son perseguidos por la lubricidad.

Las inteligencias de segunda clase, como Alfredo de Musset, pueden llevar tenazmente una o dos de sus facultades mucho más lejos que las facultades correspondientes de las inteligencias de primera clase, Lamartine, Hugo. Estamos en presencia del descarrilamiento de una locomotora fatigada. Es una pesadilla que sostiene la pluma. Sabed que el alma se compone de una veintena de fácultades. ¡Habladme de esos mendigos que llevan un~sombrero estupendo junto a sus sórdidos harapos!

He aquí un medio de constatar la inferioridad de Musset frente a los dos poetas. Leed delante de una muchacha, Rolla o Las Noches, Los Locos de Cobb, o si no, los retratos de Gwynplaine y Dea, o el relato de Terámenes de Eurípides, traducido en versos franceses por Racine padre. La muchacha se sobresalta, frunce las cejas, alza y baja las manos, sin fin determinado, como un hombre que se ahoga; los ojos lanzarán fulgores verdosos. Leedle la Oración para todos, de Victor Hugo. Los efectos son diametralmente opuestos. La clase de electricidad no es la misma. Ella ríe a carcajadas y pide más.

De Hugo sólo quedarán las poesía sobre los niños, entre las que hay muchas muy malas.

Pablo y Virginia ofende a nuestras más profundas aspiraciones a la felicidad. Antaño, este episodio que rezuma oscuridad desde la primera a la última página, sobre todo el naufragio final, me producía rechinar de dientes. Me revolcaba por la alfombra y daba patadas a mi caballo de madera. La descripción del dolor es un contrasentido. Hay que hacer ver todo por la parte bella. Si esta historia fuese contada como una simple biografía, no la atacaría. Cambia en seguida de carácter. La desgracia se vuelve augusta por la voluntad impenetrable de Dios, que la creó. Pero el hombre no debe crear la desgracia en sus libros. Es querer considerar a toda costa sólo un lado de las cosas. ¡Oh qué maniáticos chillones sois!

No reneguéis de la inmortalidad del alma, de la sabiduría de Dios, de la grandeza de la vida, del orden que se manifiesta en el universo, de la belleza corporal, del amor a la familia, del matrimonio, de las instituciones sociales. Dad de lado a los escritorzuelos funestos: Sand, Balzac, Alejandro Dumas, Musset, Du Terrail, Féval, Flaubert, Baudelaire, Leconte y la Huelga de los Herreros.

No trasmitáis a los que os leen más que la experiencia que se desprende del dolor, y que no es el dolor mismo. No lloréis en público.

Hay que saber arrancar bellezas literarias hasta en el seno de la muerte; pero esas bellezas no pertenecen a la muerte. La muerte no es en ese caso más que la causa ocasional. No es el medio, es el fin, que no es la muerte.

Las verdades inmuntables y necesarias, que dan gloria a las naciones, y que la duda en vano se esfuerza por pertubar, comenzaron con las edades. Son cosas que no se debería tocar. Los que quieren introducir la anarquía en la literatura, con el pretexto de novedad, caen en un contrasentido. No se atreven a atacar a Dios y atacan a la inmortalidad del alma. Pero la inmortalidad del alma es también tan vieja como los cimientos del mundo. ¿Qué otra creencia la reemplazará, si es que debe ser reemplazada? No siempre será una negación. Si se recuerda la verdad de donde han surgido todas las demás, la bondad absoluta de Dios y su ignorancia absoluta del mal, los sofismas se hundirán por si mismos. Se hundirá al mismo tiempo la literatura poco Poética que se apoyó sobre ellos.

Toda literatura que discute los axiomas eternos está condenada a no vivir más que de sí misma. Es injusta. Los novissima verba hacen sonreír considerablemente a los muchachos sin pañuelo de cuarto. No tenemos derecho a interrogar al Creador sobre lo que sea.

Si sois agradecidos, no hay que decírselo al lector. Guardarlo para vosotros mismos.

Si se corrigieran los sofismas en el sentido de las verdades correspondientes a esos sofismas, sólo sería verdad la corrección, mientras que la pieza así retocada tendría derecho a no llamarse falsa. El resto estaría fuera de la verdad con trazas de falso, por consiguiente nulo, y considerado, forzosamente, como no a venido.

La poesía personal realizó su tiempo de truhanerías relativas y de contorsiones contingentes. Tomemos de nuevo el hilo indestructible de la poesía impersonal, bruscamente interrumpida desde el nacimiento del filósofo malogrado de Ferney, desde el aborto del gran Voltaire.

Parece bello, sublime, bajo pretexto de humildad o de orgullo, discutir las causas finales y falsear las consecuencias estables y conocidas. ¡Desengañaos, porque no hay nada más necio! Reanudemos la cadena regular con los tiempos pasados; la poesía es la geometría por excelencia. Desde Racine, la poesía no ha progresado un milímetro. Ha retrocedido. ¿Gracias a quién? A las Grandes Cabezas Blandas de nuestra época. Gracias a los afeminados, Chateaubriand, el MohicanoMelancólico; Sénacour, el Hombre con Faldas; JeanJacques Rousseau, el Socialista Arisco; Anne Radcliffe, el Espectro Chiflado; Edgar Poe, el Mameluco de los Sueños de Alcohol; Maturin, el Compadre de las Tinieblas; George Sand, el Hermafrodita Circunciso; Théophile Gautier, el Incomparable Especiero; Leconte, el Cautivo del Diablo; Goethe, el Suicidado por Llorar; Sainte-Beuve, el Suicidado por Reír; Lamartine, la Cigúeña Lacrimógena; Lermontoff, el Tigre que Ruge; Victor Hugo, la Fúnebre Estaca Verde; Misckiéwickz, el Imitador de Satán; Musset, el Petimetre Sin Camisa Intelectual; y Byron, el Hipopótamo de las Junglas Infernales.

La duda ha existido en todo tiempo como minoría. En este siglo está en mayoría. Respiramos la violación del deber por los poros. Eso sólo se ha visto una vez, y no se volverá a ver.

Las nociones de la simple razón están de tal manera oscurecidas en la hora presente, que lo primero que hacen los profesores de cuarto, cuando enseñan a escribir versos latinos a sus alumnos, jóvenes poetas con la boca humedecida de leche materna, es revelarles por medio de la práctica el nombre de Alfredo de Musset. ¡Os pido demasiado! Los profesores de tercero, además, dan en sus clases a traducir en verso griego dos sangrantes episodios. El primero es la repugnante comparación del pelícano. El segundo, la espantosa catástrofe que le sucedió a un labriego. ¿Para qué mirar el mal? ¿No está en minoría? ¿Por qué hacer inclinar la cabeza de un alumno sobre asuntos que, a falta de haber sido comprendidos, hicieron perder la suya a hombres como Pascal y Byron?

Un alumno me contó que su profesor de segundo daba todos los días en su clase a traducir dos carroñas en verso hebreo. Esas llagas de la naturaleza animal y humana hicieron que estuviera enfermo durante un mes, que pasó en una enfermería. Como no nos conocíamos, me hizo llamar por su madre. Me contó, aunque ingenuamente, que sus noches eran turbadas por sueños persistentes. Creía ver a un ejército de pelícanos que se abatían sobre su pecho y lo desgarraban. A continuación se iban volando hacia una choza en llamas. Se comían a la mujer del labriego y a sus hijos. Con el cuerpo ennegrecido por las quemaduras, el labriego salía de la casa y entablaba con los pelicanos un atroz combate. Todo se precipitaba luego sobre la choza, que se derrumbaba. De la elevada masa de escombros -eso nunca fallaba- vela salir a su profesor de segundo, sosteniendo su corazón en una mano y en la otra uná hoja de papel en donde se descifraba, con rasgos de azufre, la comparación del pelícano y la del labriego, tal como Musset mismo las ha compuesto. No fue fácil, en un principio, pronosticar la clase de enfermedad. Le recomendé que guardara cuidadoso silencio y de que no hablara de ello a nadie, sobre todo a su profesor de segundo. Le aconsejé a su madre que se lo llevara algunos días a su casa, y le aseguré que todo pasaría. En efecto, me preocupé de ir todos los días durante algunas horas, y todo pasó.

Es preciso que la crítica ataque la forma, jamás el fondo de vuestras ideas, de vuestras frases. Arregláoslas.
Los sentimientos son la forma de razonamiento más incompleta que se pueda imaginar.

Todo el agua del mar no bastaría para lavar una mancha de sangre intelectual.

(Poésies, 1870)

Isidore Ducasse, Conde de Lautréamont


Los 100 Libros Favoritos de David Bowie [PDF]

David Bowie

A principios de este mes en la exhibición dedicada a David Bowie de la Galería de Ontario, los curadores agregaron un nuevo ítem del archivo personal Bowie, se trataba de nada más ni nada menos que de una lista de los 100 libros favoritos del Thin White Duke. Siempre es emocionante conocer la influencia literaria de tus músicos preferidos, es un examen a su motor creativo, así que aunque esta lista ha aparecido ya en muchos medios, no podía dejar de ponerla en mi blog con un adiciente por supuesto, podrán bajar algunos de los títulos en pdf para empezar a leer los libros de inmediato, supongo que ustedes al igual que yo mueren de la curiosidad por leer algunos de los títulos desconocidos para nosotros, ya que además de textos muy conocidos como La Naranja Mecánica, Lolita, La Iliada, y el Maestro y Margarita, nos toparemos con títulos que no han sido muy populares por este lado del mundo, y no solo libros, sino revistas, poemas, ensayos y hasta cómics. La mayoría de los títulos los encontrarán en español, sobre todo los últimos números ya que son los más sencillos de conseguir en la red. Así que disfrutemos la lectura ziggystardustesca:

David Bowie

  1. The Age of American UnreasonSusan Jacoby, 2008
  2. The Brief Wondrous Life of Oscar WaoJunot Diaz, 2007
  3. The Coast of Utopia (trilogy)Tom Stoppard, 2007
  4. Teenage: The Creation of Youth 1875-1945Jon Savage, 2007
  5. FingersmithSarah Waters, 2002
  6. The Trial of Henry KissingerChristopher Hitchens, 2001
  7. Mr. Wilson’s Cabinet of WonderLawrence Weschler, 1997
  8. A People’s Tragedy: The Russian Revolution 1890-1924Orlando Figes, 1997
  9. The InsultRupert Thomson, 1996
  10. Wonder BoysMichael Chabon, 1995
  11. The Bird ArtistHoward Norman, 1994
  12. Kafka Was The Rage: A Greenwich Village MemoirAnatole Broyard, 1993
  13. Beyond the Brillo Box: The Visual Arts in Post-Historical PerspectiveArthur C. Danto, 1992
  14. Sexual Personae: Art and Decadence from Nefertiti to Emily DickinsonCamille Paglia, 1990
  15. David BombergRichard Cork, 1988
  16. Sweet Soul Music: Rhythm and Blues and the Southern Dream of FreedomPeter Guralnick, 1986
  17. The SonglinesBruce Chatwin, 1986
  18. HawksmoorPeter Ackroyd, 1985
  19. Nowhere To Run: The Story of Soul MusicGerri Hirshey, 1984
  20. Nights at the CircusAngela Carter, 1984
  21. MoneyMartin Amis, 1984
  22. White NoiseDon DeLillo, 1984
  23. Flaubert’s ParrotJulian Barnes, 1984
  24. The Life and Times of Little RichardCharles White, 1984
  25. A People’s History of the United StatesHoward Zinn, 1980
  26. A Confederacy of DuncesJohn Kennedy Toole, 1980
  27. Interviews with Francis BaconDavid Sylvester, 1980
  28. Darkness at NoonArthur Koestler, 1980
  29. Earthly PowersAnthony Burgess, 1980
  30. Raw (a ‘graphix magazine’) 1980-91
  31. Viz (magazine) 1979 –
  32. The Gnostic GospelsElaine Pagels, 1979
  33. Metropolitan LifeFran Lebowitz, 1978
  34. In Between the SheetsIan McEwan, 1978
  35. Writers at Work: The Paris Review Interviews, ed. Malcolm Cowley, 1977
  36. The Origin of Consciousness in the Breakdown of the Bicameral MindJulian Jaynes, 1976
  37. Tales of Beatnik GloryEd Saunders, 1975
  38. Mystery TrainGreil Marcus, 1975
  39. Selected PoemsFrank O’Hara, 1974
  40. Before the Deluge: A Portrait of Berlin in the 1920sOtto Friedrich, 1972
  41. In Bluebeard’s Castle : Some Notes Towards the Re-definition of CultureGeorge Steiner, 1971
  42. Octobriana and the Russian UndergroundPeter Sadecky, 1971
  43. The Sound of the City: The Rise of Rock and RollCharlie Gillete, 1970
  44. The Quest For Christa TChrista Wolf, 1968
  45. Awopbopaloobop Alopbamboom: The Golden Age of RockNik Cohn, 1968
  46. The Master and MargaritaMikhail Bulgakov, 1967
  47. Journey into the WhirlwindEugenia Ginzburg, 1967
  48. Last Exit to BrooklynHubert Selby Jr. , 1966
  49. In Cold BloodTruman Capote, 1965
  50. City of NightJohn Rechy, 1965
  51. HerzogSaul Bellow, 1964
  52. PuckoonSpike Milligan, 1963
  53. The American Way of DeathJessica Mitford, 1963
  54. The Sailor Who Fell From Grace With The SeaYukio Mishima, 1963
  55. The Fire Next TimeJames Baldwin, 1963
  56. A Clockwork OrangeAnthony Burgess, 1962
  57. Inside the Whale and Other EssaysGeorge Orwell, 1962
  58. The Prime of Miss Jean BrodieMuriel Spark, 1961
  59. Private Eye (magazine) 1961 –
  60. On Having No Head: Zen and the Rediscovery of the ObviousDouglas Harding, 1961
  61. Silence: Lectures and WritingJohn Cage, 1961
  62. Strange PeopleFrank Edwards, 1961
  63. The Divided SelfR. D. Laing, 1960
  64. All The Emperor’s HorsesDavid Kidd,1960
  65. Billy LiarKeith Waterhouse, 1959
  66. The LeopardGiuseppe Di Lampedusa, 1958
  67. On The RoadJack Kerouac, 1957
  68. The Hidden PersuadersVance Packard, 1957
  69. Room at the TopJohn Braine, 1957
  70. A Grave for a DolphinAlberto Denti di Pirajno, 1956
  71. The OutsiderColin Wilson, 1956
  72. LolitaVladimir Nabokov, 1955
  73. Nineteen Eighty-FourGeorge Orwell, 1948
  74. The StreetAnn Petry, 1946
  75. Black BoyRichard Wright, 1945
  76. The Portable Dorothy ParkerDorothy Parker, 1944
  77. The OutsiderAlbert Camus, 1942
  78. The Day of the LocustNathanael West, 1939
  79. The Beano, (comic) 1938 –
  80. The Road to Wigan PierGeorge Orwell, 1937
  81. Mr. Norris Changes TrainsChristopher Isherwood, 1935
  82. English JourneyJ.B. Priestley, 1934
  83. Infants of the SpringWallace Thurman, 1932
  84. The BridgeHart Crane, 1930
  85. Vile BodiesEvelyn Waugh, 1930
  86. As I lay DyingWilliam Faulkner, 1930
  87. The 42nd ParallelJohn Dos Passos, 1930
  88. Berlin AlexanderplatzAlfred Döblin, 1929
  89. PassingNella Larsen, 1929
  90. Lady Chatterley’s LoverD.H. Lawrence, 1928
  91. The Great GatsbyF. Scott Fitzgerald, 1925
  92. The Waste LandT.S. Eliot, 1922
  93. BLAST, ed. Wyndham Lewis, 1914-15
  94. McTeagueFrank Norris, 1899
  95. Transcendental Magic, Its Doctrine and RitualEliphas Lévi, 1896
  96. Les Chants de MaldororLautréamont, 1869
  97. Madame BovaryGustave Flaubert, 1856
  98. ZanoniEdward Bulwer-Lytton, 1842
  99. Inferno, from the Divine ComedyDante Alighieri, (1308-1321)
  100. The IliadHomer, (800 BC)

David Bowie


Visita al Diablo Mundo VI: Hermann Hesse & Thomas Mann [Demian und Doktor Faustus]

Hermann Hesse & Thomas Mann

Ya ha pasado algún tiempo desde nuestra última visita al diablo mundo literario, en este ocasión nuestros tripulantes son dos grandes autores alemanes del siglo XX, quienes, a pesar de sus primarias y visibles diferencias externas e ideológicas, lograron constituir una de las amistades literarias más famosas de la historia. El escenario de esta amistad es la primera mitad del siglo XX, el período de las dos guerras mundiales, período de confusión e incertidumbre, que llevó a estos personajes a salir de su patria para vivir como exiliados en diferentes países. Fue durante estas épocas que nació la amistad y la profunda admiración entre ambos. Mann, antes de su partida definitiva a USA, pasaba en Suiza en la casa de Hesse, momentos llenos de goce y tertulias soberbias. A la partida de Mann, la relación continuo en forma de correspondencia, mucha parte de esta relación epistolar se encuentra expuesta en El Museo Hermann Hesse de Montagnola (Suiza), “Hermann Hesse y Thomas Mann: documentos de una amistad”, a continuación un extracto:

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Chicago, 2 de enero de 1941

Querido Hermann Hesse:

“….. Ha transcurrido mucho tiempo y hemos aprendido a considerar el episodio como algo de otra época; sin embargo, también hemos vivido, trabajado y luchado y, a la pregunta por Suiza va unida desde luego, la de si algún día volveremos a verla, a ella y a Europa. Sabe Dios si las energías vitales y la capacidad de resistencia habrán de permitírnoslo. Me temo -si “temer” es la palabra adecuada- que será un proceso largo y difícil el que ahora se ha puesto en marcha,  y que cuando las aguas se retiren quedará una Europa tan irreconocible que apenas podremos hablar, aunque físicamente sea posible, de retorno a la patria. Por lo demás, es casi seguro que este continente, que aún sueña en parte con el aislamiento y la conservación de su “way of life” se verá  envuelto muy pronto en el mecanismo de los cambios y transformaciones ¿Cómo podría ser de otro modo? Todos formamos un solo cuerpo y no estamos tan alejados unos de otros como parece; cosa que, por otro lado, no deja de ser un consuelo y un estímulo”.

…………………………..

Su Thomas Mann

 

Montagnola, 8 de Mayo de 1945

Querido Sr. Thomas Mann:

Hace unos días llegó su carta, que me trajo noticias suyas y me informó sobre su lectura de “El Juego de Abalorios”. Todo ello me alegró muchísimo, y en especial sus comentarios a la dimensión festiva del libro …Parece que la productividad se mantiene más viva en usted que en mí: hace 4 años que no escribo nada, aparte de unos cuantos versos, pero estoy muy contento de haber concluído la vida de Josef Knecht antes de que las fuerzas me abandonen. Por lo demás, el manuscrito estuvo retenido medio año en Berlín, pues me había hecho el propósito de respetar mis obligaciones para con el fiel Suhrkamp (1). Éste pasó mucho tiempo en las prisiones de la Gestapo, y por último fue a recalar, totalmente agotado, en un hospital de Postdam que fue bombardeado al poco tiempo, de modo que ignoro si el leal amigo sigue con vida.  Sin embargo, los ministerios de Berlín calificaron de “indeseable” la aparición de mi libro, que de ese modo permaneció ignorado hasta ahora por el gran público, exceptuando a unos cuantos lectores aislados en Suiza. Sobre la “politización del espíritu” no tenemos, según parece, opiniones muy distintas. Cuando el intelectual se siente obligado a participar en la vida política, cuando el curso de la historia lo destina a ello, tiene -en opinión de Knecht y en la mía propia- que obedecer irremisiblemente. Ha de oponerse, en cambio, tan pronto sea llamado o presionado por una fuerza externa, por el Estado, algún grupo de generales o quienes detenten el poder, como ocurrió por ejemplo en el año 1914, cuando la élite de los intelectuales alemanes fue, en cierto modo, obligada a firmar manifiestos falaces y absurdos….”

……..

Le retorno cordialmente sus buenos deseos. Lo saluda con la amistad de siempre, su

H. Hesse

Hermann Hesse

Hermann Hesse

Ahora, entremos en materia. Primero nos ocuparemos de Hermann Hesse, nacido en 1877 en Calw, Baden-Wurtemberg. Entre sus obras más importantes y reconocidas destacan: El lobo estepario, Siddhartha, Demian, Narciso y Goldmundo y El juego de los abalorios. Recibió el Nóbel de Literatura en el año 1946. Hesse; un canceriano romántico, soñador, depresivo; el arquetipo de Introvertido de Carl Jung, en su adolescencia abandona todo bajo la premisa: «seré poeta o nada». Durante su vida pasó por diferentes oficios y lugares que alimentaban su creatividad, pasó por momentos difíciles hasta que en 1904 publica su obra Peter Camenzind, y pudo, desde ahí, vivir de sus escritos. A Peter Camenzind le sucedería un período de pocas obras y una crisis existencial y familiar que lo llevaría a tomar un tratamiento psicoterapeútico con  I. B. Lang, discípulo de Carl Jung. La fascinación que le provocaron las teorías arquetípticas y simbolistas de Jung, lo llevaron a escribir la primera de una serie de obras maestras inspiradas en las teorías Junguianas: el tan conocido y popular Demian.

Demian: Historia de la juventud de Emil Sinclair publicada en 1919, inspirada, además de las teorías de Jung, en sus mencionadas crisis, su difícil adolescencia, su estricta educación religiosa, y la sabiduría oriental que tanto le apasionaba. La obra nos relata los años de juventud de Emil Sinclair y su constante búsqueda de su ‘yo’ original, para ésto tendrá la guía de varios personajes entre los que contamos a: Franz Kromer, el infantil verdugo de Sinclair, el primer personaje que pone en jaque las ideas de Emil; Max Demian, principal regente de la vida de Emil, su primer guía y ejemplo a seguir, representa la manifestación positiva del espíritu; Pistorius; el sabio inexperimentado que tiene el conocimiento pero no lo explota ni lo vive; Frau Eva, madre de Demian, y amor platónico de Emir, la representación de la imago materna (psikers). Todos estos personajes brindan conocimiento a nuestro protagonista, conocimiento que él luego digiere, acepta, e interpreta, para luego abandonar a su maestro, abandonar los arquetipos representados por éstos ya que pertenecen al inconsciente colectivo, y continuar en la búsqueda de otro hasta encontrar su verdadero ser.

Este proceso está inspirado en la teoría de Individuación de Carl Jung, teoría inspirada, a su vez, en las filosofías taoístas, budistas, hinduístas. Jung define el proceso de individuación como la tendencia innata de la psiquis a encontrar su centro, su si mismo, un camino progresivo de autoconocimiento, de desvelamientos de la proyecciones, que nuestro inconsciente personal emana de forma natural; y de la toma de conciencia de la acción de los arquetipos en nuestra vida que serán los que tenderán a encauzar principalmente el proceso de individuación. La obra termina con Demian terminando este proceso, asimilando todo el conocimiento adquirido por medio de sus guías y experiencias, y encontrándose a sí mismo sin la necesidad de buscar otro guía.

Una obra que llegó a mí gracias a alguien muy especial, mi relación simbiótica soñada, ahora los invito a disfrutar de esta maravillosa obra:

Hermann Hesse – Demian [PDF]: http://bit.ly/13tD50l

Thomas Mann

thomas mann

Vamos con Thomas Mann, nacido en 1875 en Lübeck. Entre sus obras destacamos: Los Buddenbrook, La montaña mágica, Doctor Faustus, La muerte en Venecia. Recibió el Premio Nobel de literatura en 1929. Mann es la contrapartida absoluta de Hesse: extrovertido, mundano, cuasi superficial, geminiano que aborrecía la educación convencional y apostaba más por ser autodidacta. Se influenció por las obras de Schiller, Heine, Nietzsche, y Shopenhauer. En su adolescencia empezaron sus primeras fijaciones homoeróticas que inspirarían muchos de sus textos, como la magistral Muerte en Venecia. Su juventud trascurre sin mayores contratiempos, hasta que le advino su amistad con el pintor y violinista Paul Ehrenberg, relación que se vería reflejada en Doktor Faustus, obra que trataremos a continuación.

Doktor Faustus, considerada la mejor novela del siglo XX por la crítica especializada, toma al mítico Fausto, de las leyendas alquímicas medievales germanas, -y como no la versión del gran Goethe, y es que como expresa Mario Cortina; sobre la cultura alemana pende el espectro de Goethe tanto como el de Cervantes sobre la nuestra- adaptándolo a la realidad de aquél presente nefasto de 1943, al final de la Segunda Guerra Mundial, donde el nazismo y el fascismo se han apoderado de Europa, terminando con su amada Alemania soñada y el dolor de verla humillada luego de la guerra. Nada sería igual para su patria nuevamente.

La obra nos cuenta la historia del ficticio Adrian Leverkühn, un músico que vende su alma al diablo a cambio de virtuosismo. Este pacto tiene condiciones: creatividad y virtuosismo extraordinario por un período de 24 años, y al término de éstos, tendrá que entregar su alma.

El pacto no es ‘convencional’, inspirado en la tragedia real de Nietzsche, quien contrajo sífilis causándole locura y posteriormente la muerte, Adrian también contrae sífilis, pero por elección propia, buscando en la locura que esta provoca la inspiración máxima. Es en este momento cuando aparece el demonio, advirtiéndole que la única razón por la que lo puede ver es porque está loco, dejándonos a nuestra libre interpretación la existencia o no de este demonio, y de darse su existencia, juzgar si Adrian vende su alma o su alma ya estaba predestinada a ser condenada.

La historia de Adrian es solo una de tres a las que podemos asistir, las otras siendo: la biografía de la obra artística de Adrian, expuesta magistralmente por Mann, para lograr esto estudió musicología, varios tomos de música, y varias biografías de compositores, además de contar con la asistencia de Ígor Stravinski y Arnold Schönberg.

La tercera historia es, por supuesto, la decadencia de la nación alemana en manos del nazismo. El pacto de Adrian con el diablo simboliza la ascensión al poder de Adolf Hitler, y el cambio de era en Alemania, del humanismo del siglo XIX, a un sofisticado nihilismo, y luego a un, en los ojos de Mann, barbárico primitivismo. Para lograr compactar todas estas ideas contó con el apoyo y supervisión del filósofo Theodor Adorno, quien lo animaba a exponer sus párrafos y también a reescribir muchos de ellos.

A través de una prosa tan goethiana, maravillosamente musicalizada, Mann nos absorbe en una historia repleta de diferentes escenarios, personajes, y música. Entre lo moral y lo inmoral, la santidad y el pecado, un mundo lleno de dualidades y ambigüedades que nos atrapará por completo.  Así que no pierda más el tiempo y póngase a leer ya:

Thomas Mann – Doktor Faustus [PDF]: http://bit.ly/Zk0x0B

Mann y Hesse pasan a la historia como los dos últimos representantes de la vieja llama literaria alemana, defensores del humanismo, adoptaron como misión esparcir las tradiciones y cultura germanas. Hesse escribió hasta los 64 años, y Mann hasta los 80, en la correspondencia tardía podemos leer cómo los diferentes achaques de la vejez los traían mal. La última correspondencia entre los dos se dio a la muerte de Mann, donde Hesse expresa sus condolencias, alaba, y se despide de su gran amigo:

Sils Maria, 13 de agosto de 1955

Con profundo pesar me despido aquí de Thomas Mann, del amigo querido y gran compañero, del maestro de la prosa alemana, de un hombre a quien pese a todos los honores y éxitos muchos desconocieron. Toda la ternura, fidelidad, responsabilidad y capacidad de amar que se ocultaban bajo su ironía y virtuosismo -cualidades totalmente incomprendidas por el gran público alemán durante decenios-, habrán de mantener vivos su obra y su memoria mucho más allá de nuestra confusa época.

Hermann Hesse

Hermann Hesse & Thomas Mann