Narciso de Manuel Mujica Laínez y Las Sirenas de Azorín

John William Waterhouse

Hace poco leía una entrevista a Fernando Vallejo (La Virgen de los Sicarios, La puta de Babilonia) un escritor que nunca ha sido santo de mi devoción que sin embargo destaca siempre por sus declaraciones escandalosas y a veces fuera de lugar. En esta entrevista (link) se dedica a vilipendiar a los grandes de la literatura iberoamericana, desde el mismísimo Cervantes hasta Cortázar, rezando del siguiente modo:

  • ‘Cortázar y Bolaño, que no sabían escribir’;
  • Borges es un prosista menor. Y como poeta no existe. Es puro sonsonete. La,la,lá… la,la,lá… la,la,lá’;
  • ‘García Márquez, que tiene una prosa pobrísima y sin gracia’;
  • ‘Cervantes era un pésimo prosista, que Borges no conocía los recursos literarios y que, salvo Mujica Láinez y Azorín, casi no hay nadie que se salve.’

Precisamente por esta última frase fue que presté atención a las sonsonidades de Vallejo, que bien está decir, estoy un poco de acuerdo con su opinión del estilo poético de Borges, pero a él le perdonamos todo, de la prosa de grandes como Cervantes y Cortázar está de más opinar porque ellos crearon un estilo propio por encima de las reglas establecidas en la literatura. Pero fueron los nombres de Mujica y Azorín los que me llamaron la atención, Vallejo incluso llega a decir que Manucho” (Mujica), el mejor escritor en lengua española de los últimos mil años. Argumentos tan fuertes no podemos dejar pasar, debo admitir que de Mujica (Argentina, 1910-1984) no había leído ni una línea y que de Azorín (España, 1873-1967) solo sabía que formó parte de la Generación del 98 y fue él quien los bautizó así. Así que con estos dos cuentos empieza mi aventura en el descubrimiento de dos “nuevos” autores que, por supuesto, no puedo dejar de compartir con ustedes. A leer y a juzgar las opiniones de Vallejo: 

Narciso, Manuel Mujica Laínez

Manuel Mujica Laínez

Si salía, encerraba a los gatos. Los buscaba, debajo de los muebles, en la ondulación de los cortinajes, detrás de los libros, y los llevaba en brazos, uno a uno, a su dormitorio. Allí se acomodaban sobre el sofá de felpa raída, hasta su regreso. Eran cuatro, cinco, seis, según los años, según se deshiciera de las crías, pero todos semejantes, grises y rayados y de un negro negrísimo. Serafín no los dejaba en la salita que completaba, con un baño minúsculo, su exiguo departamento, en aquella vieja casa convertida, tras mil zurcidos y parches, en inquilinato mezquino, por temor de que la gatería trepase a la cómoda encima de la cual el espejo ensanchaba su soberbia. Aquel heredado espejo constituía el solo lujo del ocupante. Era muy grande, con el marco dorado, enrulado, isabelino. Frente a él, cuando regresaba de la oficina, transcurría la mayor parte del tiempo de Serafín. Se sentaba a cierta distancia de la cómoda y contemplaba largamente, siempre en la misma actitud, la imagen que el marco ilustre le ofrecía: la de un muchacho de expresión misteriosa e innegable hermosura, que desde allí, la mano izquierda abierta como una flor en  la solapa, lo miraba a él, fijos los ojos del uno en los del otro. Entonces los gatos cruzaban el vano del dormitorio y lo rodeaban en silencio. Sabían que para permanecer en la sala debían hacerse olvidar, que no debían perturbar el examen meditabundo del solitario, y, aterciopelados, fantasmales, se echaban en torno del contemplador.
Las distracciones que antes debiera a la lectura y a la música propuesta por un antiguo fonógrafo habían terminado por dejar su sitio al único placer de la observación frente al espejo. Serafín se desquitaba así de las obligaciones tristes que le imponían las circunstancias. Nada, ni el libro más admirable, ni la melodía más sutil, podría procurarle la paz, la felicidad que adeudaba a la imagen del espejo. Volvía cansado, desilusionado, herido, a su íntimo refugio, y la pureza de aquel rostro, de aquella mano puesta en la solapa, le infundía nueva vitalidad. Pero no aplicaba el vigor que al espejo debía a ningún esfuerzo práctico. Ya casi no limpiaba las habitaciones, y la mugre se atascaba en el piso, en los muebles, en los muros, alrededor de la cama siempre deshecha. Apenas comía. Traía para los gatos, exclusivos partícipes de su clausura, unos trozos de carne, cuyos restos contribuían al desorden, y si los vecinos se quejaban del hedor que manaba de su departamento, se limitaba a encogerse de hombros, porque Serafín no lo percibía; Serafín no otorgaba importancia a nada que no fuese su espejo. Éste sí resplandecía, triunfal, en medio de la desolación y la acumulada basura. Brillaba su marco, y la imagen del muchacho hermoso parecía iluminada desde el interior.  Los gatos, entretanto, vagaban como sombras.
Una noche, mientras Serafín cumplía su vigilante tarea frente a la quieta figura, uno lanzó un maullido loco y saltó sobre la cómoda. Serafín lo apartó violentamente, y los felinos no reanudaron la tentativa, pero cualquiera que no fuese él, cualquiera que no estuviera ensimismado en la contemplación absorbente, hubiese advertido en la nerviosidad gatuna, en el llamear de sus pupilas, un contenido deseo, que mantenía trémulos, electrizados, a los acompañantes de su abandono. Serafín se sintió mal, muy mal, una tarde. Cuando regresó del trabajo, renunció por primera vez, desde que allí vivía, al goce secreto que el espejo le acordaba con invariable fidelidad, y se estiró en la cama. No había llevado comida, ni para los gatos ni para él. Con suaves maullidos, desconcertados por la traición a la costumbre, los gatos cercaron su lecho. El hambre los tornó audaces a medida que pasaban las horas, y valiéndose de dientes y uñas, tironearon de la colcha, pero su dueño inmóvil los dejó hacer. Llegó así la mañana y avanzó la tarde, sin que variara la posición del yacente, hasta que el reclamo voraz trastornó a los cautivos. Como si para ello se hubiesen concertado, irrumpieron en la salita, maullando desconsoladamente.
Allá arriba, la victoria del espejo desdeñaba la miseria del conjunto. Atraía como una lámpara en la penumbra. Con ágiles brincos, los gatos invadieron la cómoda. Su furia se sumó a la alegría de sentirse libres y se pusieron a arañar el espejo. Entonces la gran imagen del muchacho desconocido que Serafín había encolado encima de la luna –y que podía ser un affiche o la fotografía de un cuadro famoso, o de un muchacho cualquiera, bello, nunca se supo, porque los vecinos que entraron después en la sala sólo vieron unos arrancados papeles– cedió a la ira de las garras, desgajada, lacerada, mutilada, descubriendo, bajo el simulacro de reflejo urdido por Serafín, chispas de cristal.  Luego los gatos volvieron al dormitorio, donde el hombre horrible, el deforme, el Narciso desesperado, conservaba la mano izquierda abierta como una flor sobre la solapa, y empezaron a destrozarle la ropa .
De El brazalete y otros cuentos (1978)

 

Las sirenas, Azorín 

Azorin

Cuando volvieron de la iglesia celebraron con una merienda espléndida el bautizo. La casa estaba llena de invitados; entraron todos en el comedor. Sobre el blanco mantel resaltaba la límpida cristalería. Y acá y allá, la nota pintoresca de un pomposo, oloroso, pintoresco ramo de flores. Todos estaban alegres, animosos.

Venía al mundo un nuevo ser. Se celebraba su entrada en la vida. ¿Qué había en el mundo para este niño? Las conversaciones, las risas, las exclamaciones de cuando en cuando, como el ir y venir de un oleaje, tenían un momento, ligerísimo, de tregua. Parecía que en estos vagos y fugaces silencios algo se cernía sobre las cabezas de los invitados. La madre del niño estaba un poco seria, meditativa; ya se había levantado de la cama; a los tres días del parto ya se hallaba en pie; era mujer fuerte, robusta, que cruzaba las manos sobre el pecho —las manos gordezuelas, lustrosas, sonrosadas—,y así permanecía, con una dulce sonrisa, largos ratos. El padre iba y venía afanoso, un poco febril entre los invitados; llevaba en alto una botella; pasaba de una parte a otra una bandeja con dulces; decía a éste una broma; replicaba al otro con una chuscada.

Y el niño, en la sala vecina, lloraba con un llantito agudo, persistente. Le entraban en el comedor; le besuqueaban todos, y se lo volvían a llevar a la pieza vecina. Su carita menuda asomaba entre las blondas y encajes blancos.

—¡Que nos diga el poeta el horóscopo del niño!
—gritó uno de los convidados.

No hemos hablado todavía del poeta. El poeta era Eladio Parra. Cuando el niño nació, su padre, Antonio Riera, escribió al gran poeta:

«Querido Eladio: ¡Cuánto tiempo hace que no nos vemos! Pero yo sé de ti. Sé de ti por tus versos. Yo no soy nada; tú lo eres todo. Desde los días del colegio, hace veinte años, no nos hemos vuelto a ver. Ha nacido mi primer hijo. Yo tendría placer en que el más grande poeta de España apadrinara a este niño. No te niegues a mi deseo. Si vienes, desde la casa estarás viendo a todas horas el Mediterráneo, el mar tranquilo y siempre azul. Y esto será para ti una compensación de las molestias del viaje.»

Tal era la carta. Y el gran poeta vino al bautizo. Rodeado de la admiración y del cariño de todos, se hallaba sentado ante la mesa; su mano diestra reposaba, con coquetería, en el blanco mantel; esta mano, él la estaba mirando, había escrito los versos más finos, más delicados, más originales del Parnaso español contemporáneo.

Todos apoyaban la petición del invitado interpelante.

— ¡Sí, sí; que haga el poeta el horóscopo del niño!

El poeta sonrió afablemente. ¿Qué iba a decir él de un niño que entra en la liza del mundo? El poeta sonrió con bondad; todos le rodeaban; manos finas y blancas se apoyaban en sus hombros; ojos bellos femeninos le miraban con profunda admiración. ¿Qué iba a decir el poeta de un ser que penetra en el tráfago de la vida?

El poeta sonreía con amabilidad.

—Pues bien, señores —dijo al fin—; pues bien, sí, señores…

Y todos aplaudieron. Los aplausos resonaron en el comedor; el llanto del niño se percibía entre la algazara de las voces y de las risas.

Había que hacer las cosas discretamente. Puesto que la concurrencia quería que el poeta levantara el horóscopo de un niño, Eladio Parra, el gran poeta, saldría del paso con alguna bobería espiritual, delicada. Antes habían puesto ante Eladio al niño, y el poeta estuvo contemplando en silencio, solemnemente, como quien estudia las profundidades de un misterio, los ojitos del niño, su naricita, su boquita contraída por un mohín picaresco. Y cuando Eladio hubo contemplado un rato al niño, pidió ser llevado a un salón vecino, donde había recado de escribir. Todos esperaban en la puerta. El poeta se recogió un momento, en pausa cómica, y luego salió de la estancia llevando en la mano un sobre.

— ¡Aquí está —dijo— el horóscopo de este niño!

Y todos esperaron, ansiosos, a que el padre rasgara el sobre. Dentro estaban escritas estas pocas palabras:

«¡Cuidado con las sirenas!». Hubo un momento de indecisión. ¿Qué significaba esta misteriosa advertencia?

¡Cuidado con las sirenas! Sí, sí; era verdad; el poeta se refería a las mujeres, a las mujeres encantadoras y engañosas que podían hacer la desgracia del niño.

Cuidado con las sirenas significaba que este niño estaba expuesto, como tantos otros, en su vida de hombre, a ser el juguete, la víctima, la presa de mujercitas terribles, aventureras; una mujer, seguramente, iba a perderle. Las mujeres, de todos modos, jugarían un papel decisivo, importante, en la vida de este niño. Y no se tomaron las cosas por lo trágico. Al fin, desechados tristes pensamientos, se pensó, picarescamente, en la buena fortuna de este Don Juan novísimo, afortunado, que ahora venía al mundo.

Pasaron muchos años. El niño, Pablo Riera, se hizo hombre. El horóscopo estaba olvidado. Las sirenas, es decir, las mujeres, el eterno femenino, no jugaba papel en la vida de Pablo. La vida de Pablo se deslizaba tranquila, sosegada, uniforme. Se había casado ya el mozo. No había hombre menos mujeriego que Pablo. Su mujer le adoraba. Los dos llevaban con escrupulosidad y provecho la tiendecilla de que vivían. Pablo era un hombre callado, un poco encogido; tenía una sensibilidad reconcentrada. Experimentaba, con la menor contrariedad, una profunda, larga, resonante angustia en todo su organismo. Las horas para él traían todas, cada día, las mismas cosas. No se producía alteración en el vivir silencioso, llano, feliz, en suma, de este matrimonio.

Un día, revolviendo trastos viejos, la mujer de Pablo encontró un cofrecillo; estaba lleno de cartas antiguas, de fotografías amarillentas. Era de noche; había terminado la tarea diaria; bajo la luz ancha, circular, de la lámpara, en el silencioso comedor, en tanto que Pablo leía, su mujer iba escudriñando todos estos viejos recuerdos. Y de pronto apareció un papelito en un sobre, un papelito en que se leía, con letra enrevesada, pero grande: «¡Cuidado con las sirenas!».

—Mira, Pablo —dijo la mujer—; aquí está tu horóscopo, el horóscopo de que tú me has hablado algunas veces.
—Es verdad —dijo Pablo—; ésta es la letra del gran poeta amigo de mi padre.
—Pues las sirenas no te han sido funestas en la vida —añadió la mujer.
—Sí, cierto; hombre menos aventurero, menos mujeriego que yo, tú lo sabes, habrá habido pocos —contestó Pablo.
—Los poetas se equivocan —agrego el marido.
—¡Afortunadamente, en este caso! —exclamó la mujer.

Y sus ojos, bajo la lámpara, se clavaban en las palabras escritas por el gran poeta: «¡Cuidado con las sirenas!

El silencio, la paz, el sosiego eran profundos. A la mañana siguiente la mujer de Pablo no se levantó, estaba un poco enferma. Dos días después la enfermedad había adquirido caracteres de gravedad. Pablo, el marido, vivía en una continua zozobra. Los minutos transcurrían lentos, dolorosos. La enferma, desde la cama, acariciaba con una mirada larga, triste, profundamente triste, al pobre Pablo.

—¡Pablo, Pablo! —exclamaba-. ¡Qué solo te vas a quedar! ¿Qué harás tú sin mí en el mundo?

Y Pablo sentía que se le desgarraban las entrañas.

Llegó la hora suprema. La esposa de Pablo murió; murió a la madrugada, en una madrugada turbia, opaca. Caía una lluvia persistente, menuda. En los cristales del balcón apenas se marcaba vagamente la claridad de la aurora. Dentro, la llama de una lamparilla tembloteaba. Y en el momento de expirar su mujer, de allá lejos, del puerto, llegaba angustioso, como un lamento largo, plañidero, el son de la sirena de un vapor.

Pablo estaba solo. La tiendecilla no marchaba bien. Pablo no se ocupaba en nada. Y su vida estaba deshecha, rota. No parecía por la tienda. Daba largos y solitarios paseos por la ciudad; pasaba largas horas en el cementerio, ante la sepultura de su mujer. ¿Para qué quería él vivir? Una noche, en la ciudad, comenzaron a sonar todas las campanas. Se había declarado un incendio en alguna parte. La tiendecilla de Pablo estaba ardiendo; el incendio destruyó todas las existencias y enseres del comercio. De madrugada, Pablo, rendido, fatigado, presa de una terrible angustia, se dejaba caer en la cama. Era una madrugada fría, lluviosa; caía de un cielo turbio, sucio, una llovizna persistente, helada.

Y a lo lejos, entre sueños, vaga y dolorosamente, Pablo escuchaba el son largo, plañidero, de la sirena de un barco.

Pablo, el pobre, estaba anonadado; vivía en un cuartito de un quinto piso. Una anciana venía todas las mañanas a arreglar el menaje; él comía fuera; su traje era desastrado. Como un autómata, caminaba y caminaba horas y horas por el campo. Después, al anochecer, rendido, volvía a su cuartito y se dejaba caer, inerte, en la cama.

Una vez no pudo dormir en toda la noche. La claridad del día apareció en los vidrios del balcón. La aurora era borrosa, turbia, gris. Caía una lluvia menudita, fría; se oía a intervalos, en una pieza vecina, ruido de una gotera que sonaba persistente.

Comenzó a oírse de pronto, allá en el puerto, el grito agudo, como una súplica, como un lamento, como una suprema imprecación, de la sirena de un barco. Y cuando se apagó el estampido de una detonación, en el cuartito, todavía sonaba con angustia, trágicamente, la voz de la sirena.

Azorín (1873-1967)


Cervantes y Goethe unidos en la historia por los perros que ladran

Cervantes Goethe

“Ladran, Sancho, señal que cabalgamos…” 

Para muchos de ustedes esta frase es quizá la más famosa de El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, citada por todos nosotros alguna vez en nuestras vidas, la frase favorita de políticos como Hugo Chávez y Eva Perón, ¿pero acaso esta frase tan famoso aparece en el Quijote? 

Luego de haber leído las dos partes de El Quijote, y a parte de darme cuenta que son los mejores textos jamás escritos, me di cuenta que la tan famosa frase no aparecía en ningún lado, y no podía ser un error de traducción o algo por el estilo. Perplejo completamente empecé a buscar el origen de la frase, supuse Cervantes la había mencionado en otro texto, así que leí todos los escritos posibles de éste, y por supuesto, me sirvió para darme cuenta que es el mejor escritor de habla hispana, no hay como él. Pero, pero, tampoco encontré la frase, en este proceso de leer todos los textos de Cervantes (La Galatea, Novelas Ejemplares, Entremeses, etc) demoré algunos meses, al no dar con la frase inicié la búsqueda nuevamente, esta vez con la ayuda de nuestra amiga internet, algo que debería haber hecho desde el principio, aunque no hubiera sido justo para mi conocimiento.

Inicié la búsqueda y me topé con que la frase apócrifa y erróneamente otorgada a Cervantes ha sido usada desde el siglo XIX, -una gran pista- diversos autores se la adjudicaban, en verdad creí que el origen de la frase iba a ser una de aquellas cientas de reversiones de El Quijote, como ‘Los Capítulos que se le olvidaron a Cervantes‘ de Juan Montalvo. Seguía la búsqueda y ¡oh sorpresa! Goethe aparece, sí, en uno de sus poemas aparecía la famosa frase, no de manera literal, pero muy similar a ésta. ¿Acaso podría ser? ¿Había encontrado el nexo entre mis dos escritores favoritos? Goethe y Cervantes, los más grandes, unidos por un poema y una frase.

Sí, Goethe en su poema Labrador [Kläffer(1808) menciona: «Pero sus estridentes ladridos / sólo son señal de que cabalgamos». He aquí la frase. Quién iba a decirlo, una de las frases más famosas de la historia atribuida a Cervantes, pertenece en realidad a Goethe. Ahora nos queda averiguar desde cuándo se la atribuye al buen Don Quijote, ya que si investigamos hasta el siglo XIX se le da crédito total a Goethe por la frase, sin embargo en el siglo XX cambia por completo, todas las pistas me llevaron al film inconcluso de Orson Welles Don Quixote, muchos lo identifican como el origen de la frase, y sí, en el film se menciona la frase «Ladran, Sancho, señal de que cabalgamos». Sin embargo muy pocos vieron este film televisivo, y la película en sí jamás llegó a realizarse por completo. No sería sino hasta 1990 que Jesús Franco retoma las riendas del film y lo lanza finalmente, pero esa es otra historia. El origen del error quizá solo fue la confusión, vemos que autores de la talla de Sábato también la usaban, así que podríamos concluir que la frase fue erróneamente atribuida a Cervantes en aquellas tertulias de literatos de cierta fama donde jamás se pone en tela de duda lo expuesto por alguien de renombre, quizá algún escritor respetado citó la frase atribuyéndola a Cervantes y luego se regaría como pólvora llegando hasta nuestros días los perros que ladran como frase Cervantina. Nuevamente he descubierto el agua tibia, estoy seguro cientos de personas o miles ya han escrito algo parecido, pero he aquí mi versión, una más una menos, cada una aporta algo más al conocimiento. Claro que ya desearíamos que exista un apócrifo goethiano de Don Quijote vs. Fausto, y quién sabe si en esas cientos de notas del cajón de Goethe exista algo así, un hombre puede soñar, un hombre puede soñar…

P.S: Alguien consígame este libro por favor:

don quijote fausto


Visita al Diablo Mundo XIII: De cómo Cardenio unió a Shakespeare y Cervantes

Cervantes, Cardenio, Shakespeare

Una anécdota ya muy conocida por el público en general y que sin embargo no podía dejar de mencionarla aquí para aquellos que aún no se han enterado. Así es, tal como lo lee en el encabezado, un personaje unió a los dos más grandes autores de la historia, pero antes, déjeme divagar un poco: recuerdo haber leído Don Quijote y Hamlet prácticamente al mismo tiempo, y aún hoy el recordarlo me trae lágrimas a los ojos; sabía que en ese momento estaba leyendo las mejores obras jamás escritas, de los mejores autores de la historia. Nunca una obra me había seducido tanto como Hamlet, ni ninguna otra me había hecho reír tanto como Don Quijote, y es, precisamente, un personaje de Don Quijote quien logró la mencionada unión entre estos dos autores.

Este personaje no es Don Quijote, no es Sancho, no es Dulcinea, ni Rocinante; es un personaje que lamentablemente jamás es mencionado en las producciones cinematográficas o resúmenes de esta obra, es una lástima, ya que una de las historias que más cautivan en la magnum opus de Cervantes es la historia de Cardenio, sí, Cardenio “El Roto”, estoy seguro que todos los que han leído El Quijote (primera parte) se quedaron totalmente prendados del descorazonado y traicionado Cardenio quien se refugia en las montañas luego de varios sucesos que le hacen perder la razón. Pues bien, no fuimos los únicos, la historia de Cardenio logró seducir al mismísimo William Shakespeare quien había leído al Quijote en 1612 (siete años después de su publicación en España) y de inmediato se puso a trabajar en ‘La Tragedia de Cardenio’ junto al que fue su colaborador en sus últimos años de vida, y un entusiasta de las novelas de Cervantes, John Fletcher.

Cardenio

Existen indicios que la obra fue puesta en escena por la compañía teatral de Shakespeare, King’s Men, un par de veces y luego el manuscrito original perecería en el incendio que afectó al teatro Globe en 1613. Desde entonces ‘La Tragedia de Cardenio’ se transformó en una obra perdida. Y ésto no es simplemente un mito urbano como aquel supuesto encuentro entre Carlos Gardel y Frank Sinatra en 1934 (?), no no, es un hecho que Cervantes y Shakespeare jamás se encontraron físicamente pero sí llegaron a unir sus geniales mentes contando la historia de Cardenio, haciendo de ésta la obra literaria perdida más relevante de la historia.

Sin embargo en 1727 un sujeto llamado Lewis Theobald ponía en escena ‘Doble Mentira’ (Double Falshood [sic]) obra que según él era el resultado final de la unión de tres manuscritos y proclamaba que uno de esos manuscritos era ni más ni menos que la obra perdida de Shakespeare: ‘La Tragedia de Cardenio’, por supuesto la mayoría del público fue totalmente escéptico y desde entonces la obra se transformó en materia de estudio para los entusiastas literatos. Por más de dos siglos se trató a la obra de Teobald como un fraude, sobre todo porque de los tres supuestos manuscritos jamás se volvió a saber. Fue recién en 2007 que el director de la Royal Shakespeare Company, Gregory Doran, confesaba al mundo que logró autentificar la obra de Theobald e identificarla como una original de Shakespeare, luego de un “espléndido trabajo detectivesco” del profesor Brean Hammond, de la Universidad de Nottingham. La noticia causó revuelo en el mundo: ¡oh, sorpresa!, los eruditos proclaman que la obra en realidad está escrita por Shakespeare y Fletcher y que Theobald solo adulteró unas cuantas partes para ajustarla a las usanzas dramatúrgicas del siglo XVIII.

En 2011 la Royal Shakespeare Company puso en escena una versión de Double Falshood titulada “Cardenio, Shakespeare’s ‘lost play’ re-imagined”. Llevándola así a la categoría de verdadera obra Shakespereana, aunque para el mundo siempre será una versión ‘no oficial’, por lo menos hasta que se encuentre algún manuscrito de la obra original que estoy seguro aún existe.

De cuando Shakespeare leyó a Cervantes

Shakespeare y Cervantes

Situémonos un poco en la era de estos dos personajes, principios del 1600, Siglo XVII, España, aunque en decadencia, mantenía su hegemonía como primera potencia, estaba liderando el pleno auge del Barroco y era el claro referente en el mundo de las artes, sobre todo literario. El rey Jacobo I de Inglaterra y VI de Escocia recientemente había hecho las paces con España, el influjo cultural español, que por entonces se hacía eco mundialmente, entró a Inglaterra sin impedimento alguno, es por esto que como podemos ver Shakespeare llegó a leer y saber quién era Cervantes, mientras que el español quizá murió sin saber del dramaturgo inglés.

Ahora imagine cómo fue aquel encuentro entre Shakespeare y El Quijote. Aquí seré lo más romántico posible, ya que adoro imaginar cómo, cuándo, la hora, y hasta en qué posición Shakespeare leía a Cervantes, imaginen aquella escena por favor, ahora estámpela para siempre en su alma. Pero, pero, pero, ¡pero!, lo más probable es que nuestro amigo entusiasta de las novelas de Cervantes: John Fletcher (quien utilizó ideas mostradas en el Quijote, ya sea temas y personajes en 13 de sus obras) haya sido el que le recomendó a Shakespeare montar esta obra. Sí o no, quién sabe, yo por lo menos me quedaré con la imagen de William Shakespeare leyendo al Quijote algunas tardes y noches en los descansos de los ensayos, y riendo a carcajadas con las ocurrencias de Sancho, conmoviéndose con Cardenio, enamorándose de Dulcinea, y alucinándose por la genialidad de Don Quijote.

Ahora imaginemos la concepción de la obra original, ‘La Tragedia de Cardenio’, un emocionado Shakespeare acaba de leer la obra y totalmente fuera de sí va y convence a John Fletcher de empezar la escritura de Cardenio cuánto antes. Shakespeare la escribía en el ocaso de su vida, probablemente escrita después de La tempestad. Como sabemos el estilo de Shakespeare difería casi por completo del de Cervantes. Shakespeare en su calidad de productor tenía muy buen tino para los negocios, así que sabía muy bien cómo extraer lo mejor del personaje o la historia para poner en escena lo que más mueva al público y resulte más lucrativo. Quizá aquí seré un poco duro, pero debo decir que los personajes que Cervantes crea en el Quijote, -y ojo, exclusivamente en el Quijote- poseen mucho más corazón que los presentados por el Bardo:

En la tragedia de Cardenio, Cervantes logra magistralmente capturar la esencia misma de la literatura y elevarla a un punto divino, en la historia se nos cuenta como un hombre cayó presa de una pasión desmedida por una mujer que él jamás había visto simplemente por un poema donde se describía y ensalzaba la belleza y bondades morales de ésta. A todos nos ha pasado algo así, o eso espero; enamorarnos de la musa de un poeta o de un personaje de un libro tan solo por lo que el autor nos hace ver de ella o él, el amor platónico en su nivel más puro.

Seguro que Shakespeare también logró capturar mucho de aquello, pero recordemos que a él no le interesaba seguir las fuentes fidedignamente, a él le interesaba lo que iba a funcionar en el escenario y lo que más atraería a la gente, es fascinante imaginar las transformaciones y caminos que hizo tomar a los personajes. Cardenio hizo que Shakespeare dejara atrás las tragedias y empezara a darle rienda suelta a su lado cómico, un dato muy ignorado en estas épocas. Con Cardenio la comedia se instala a placer en tierras inglesas.

Muchos opinan que es mejor mantener a esta obra en el olvido y como un mito, ya que dicen que quizá el resultado de la fusión de estos dos genios podría llevarnos a una decepción por todas las expectativas puestas en ella, y a aquellos yo les digo que cómo diablos se les ocurre pensar eso, estamos hablando de la fusión de los dos más grandes, así la obra haya consistido en mantener a los actores de pie frente al público sin decir una sola palabra, aún así la seguiríamos considerando una genialidad, sí, es aquello de sobrevalorar a nuestros autores predilectos, pero les digo, con Shakespeare y Cervantes no existen sobrevaloraciones, existen hechos y nada más.

 

Fragmentos donde se cuenta la Historia de Cardenio, en Don Quijote de la Mancha, Primera Parte.

Cardenio y Don Quijote

Capítulo 23. Don Quijote y Sancho deambulan por Sierra Morena y encuentran un viejo equipaje abandonado con dinero y un libro en el que hay escritas quejas de enamorado despechado. Poco después, se les cruza corriendo un hombre asilvestrado. Luego ven una mula muerta. Deducen que tanto el equipaje como la mula pertenecieron al personaje y van a buscarlo. Un cabrero les da más pistas: se trata de un hombre que llegó a la sierra seis meses antes para, según sus palabras, hacer penitencia. También cuenta que le dan accesos de locura, atacando a los pastores mientras maldice contra un tal Fernando. Poco después aparece y don Quijote le da un largo abrazo. El narrador nos advierte que le vamos a llamar “el Roto” (hoy seudónimo del dibujante gráfico español Andrés Rábago), debido a su aspecto andrajoso.

Capítulo 24. El Roto se identifica como Cardenio, de noble familia andaluza (nombre inspirado por Cervantes en la noble familia andaluza de los Cárdenas). Y relata su triste historia:

Enamorado de una bella dama llamada Luscinda, ha de marcharse a servir al duque Ricardo, justo cuando iba a concertarse su boda. En su destino, se hace amigo de Fernando, el hijo del duque, que se confiesa enamorado de una labradora; a la cual no obstante olvida tras recibir sus favores. Cardenio viaja a su tierra con Fernando, y éste conoce a Luscinda.

En ese momento se produce una discusión entre Cardenio y don Quijote acerca del argumento del Amadís de Gaula, Cardenio enloquece, pelean y se va.

Capítulo 27. El cura y el barbero, que han llegado a la sierra en busca de don Quijote, escuchan cantar unos versos. Se trata de Cardenio, que sigue viviendo en los bosques, y que les cuenta el resto de su historia:

Fernando, enamorado de Luscinda, aleja a Cardenio con una excusa. Luscinda escribe a Cardenio contándole que Fernando ha pedido su mano y se van a casar. Cardenio acude y es testigo, escondido, de la boda, tras la cual Luscinda se desmaya. Cardenio huye y se pone a hacer penitencia en los campos.

Capítulo 28. Cardenio, el cura y el barbero encuentran a una bella dama disfrazada de varón, que les cuenta que es Dorotea, una labradora de familia rica, vasallos del duque Ricardo, a la cual don Fernando requirió de amores, hasta prometerle matrimonio y desvirgarla. Luego Fernando se fue y se casó con Luscinda. Dorotea relata que al ir en busca de Fernando para pedirle explicaciones, en la ciudad le contaron que tras la boda, el marido encontró en el escote de Luscinda una carta en la que decía que era de Cardenio y nunca lo sería de Fernando, aunque daba el sí por obediencia a sus padres. Cuando Luscinda despertó de su desmayo, huyó. Dorotea se escondió con un vasallo en los bosques, que la intentó violar, pero ella lo despeñó de un empujón. Un ganadero al que Dorotea sirvió como varón, al descubrir que era mujer, también la quiso violar, pero ella escapó y por eso andaba por allí.

Capítulo 29. Cardenio le descubre su identidad a Dorotea y le propone ayudarla, para que ambos acaben con sus respectivas parejas primigenias. Luego llega Sancho, al cual hacen creer que Dorotea es la princesa Micomicona, dentro de su plan para llevar a don Quijote a su aldea.

Capítulo 36. En los capítulos anteriores, Cardenio y Dorotea se unen al grupo que acompaña a don Quijote. A la posada donde se alojan todos, llega un grupo de personas que resultan ser don Fernando, Luscinda y su séquito. Todos se reconocen, y Fernando acaba admitiendo su error y volviendo con Dorotea. Todos lloran, incluso Sancho, pero en este caso porque se da cuenta de que la princesa Micomicona no es tal, y se va a quedar si las mercedes que de ella esperaba. Fernando cuenta que tras querer matar a Luscinda, y ella huir de casa de sus padres, la localizó en un convento, del que la traía por la fuerza.

Capítulos 37 a 47. Continúan las aventuras de don Quijote en la posada, en compañía de Sancho, el cura, el barbero, Cardenio, Fernando, Luscinda y Dorotea. La historia de Cardenio ha concluido, pero estos cuatro últimos personajes siguen apareciendo, cómplices del cura y el barbero para llevar a don Quijote de vuelta a su aldea.

La Tragedia de Cardenio, Argumento de Double Falshood

Doble Falsehood, Theovald

Ahora la supuesta obra de Shakespeare, refundida por Theobald, comienza cuando el duque Ricardo llama a Cardenio a su corte para ayudar a su primogénito Pedro por recomendación de su segundo hijo Fernando. Cardenio está enamorado de Luscinda, pero debe marcharse. Luscinda promete fidelidad a Cardenio, pero queda compungida.

Fernando corteja a Dorotea, una dama de bajo linaje, que le rechaza. Luego Fernando cuenta que tras el rechazo, violó a Dorotea, pero ahora ama a Luscinda y por eso ha mandado de viaje a Cardenio. Justifica la traición de su amistad por “la feroz disputa de la virtud contra el deseo”. Es el mismo caso que en Los dos hidalgos de Verona.

Dorotea, que se siente culpable por haber perdido su virginidad, recibe una carta de despedida de Fernando y entristece. El padre de Luscinda ofrece su mano encantado a Fernando, pero Luscinda protesta y afirma pertenecer a Cardenio. Luego el padre de Cardenio habla con el de Luscinda para pedirle el consentimiento del matrimonio de los enamorados, pero el padre de Luscinda cuenta la falsedad de que su hija ya no quiere a Cardenio. Este pasaje no aparece en el Quijote.

Luscinda envía una carta a Cardenio, que decide visitarla disfrazado. Irrumpe en la ceremonia de casamiento, pero es sacado de la casa por los criados, tras ser reconocido. Luscinda se desmaya, incumpliendo su promesa de clavarse un puñal. En el Quijote, Cardenio asiste a la boda pero no la interrumpe ni la frustra.

Cardenio huye y enloquece. Luscinda huye también. Dorotea va en busca de Fernando, disfrazada de varón y acompañada de un criado. Entra al servicio de un ganadero que al descubrir que es mujer intenta violarla, pero Pedro le interrumpe y no lo consigue. Pedro y Fernando van a raptar a Luscinda del convento donde se ha escondido, transportándola en un ataúd. Cardenio y Dorotea frecuentan las mismas montañas y acaban reconociéndose. El traductor considera que la canción que interpreta Dorotea es un añadido dieciochesco, por lo que practica la gran chapuza de sustituirla por un fragmento de los versos que recita Cardenio en el Quijote.

Al final, Shakespeare, Fletcher, o Theobald, le dan un vuelco a la historia, el desenlace que todos esperábamos: los dos personajes con más fuerza –Cardenio y Dorotea- tendrían una unión más lógica y feliz, así como la pareja formada por Fernando y Luscinda merecerían seguir juntos por sus devaneos.

Cardenio, Luscinda, Fernando, Dorotea

Lamentablemente no he podido encontrar Doble Falshood en pdf, pero lo invito a leer, como no, y como siempre lo hago, a leer el mejor libro jamás escrito, El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, y entre en el mundo dónde no solo se enamorará de Cardenio, sino que al terminar la obra considerará a todos aquellos personajes sus amigos de por vida. Nos despedimos con el hermoso lamento de Cardenio:

¿Quién menoscaba mis bienes?
………Desdenes.
¿Y quién aumenta mis duelos?
………Los celos.
¿Y quién prueba mi paciencia?
………Ausencia.
De este modo, en mi dolencia
ningún remedio me alcanza,
pues me mata la esperanza,
desdenes, celos y ausencia.

¿Quién me causa este dolor?
………Amor.
¿Y quién mi gloria repugna?
………Fortuna.
¿Y quién consiente en mi duelo?
………El cielo.
De este modo, yo recelo
morir deste mal extraño,
pues se aumentan en mi daño
amor, fortuna y el cielo.

¿Quién mejorará mi suerte?
………La muerte.
Y el bien de amor, ¿quién le alcanza?
………Mudanza.
Y sus males, ¿quién los cura?
………Locura.
De ese modo, no es cordura
querer curar la pasión,
cuando los remedios son
muerte, mudanza y locura.

Miguel de Cervantes
(El ingenioso hidalgo Don Quijote de La Mancha, 1605)


Anni B Sweet – Oh, Monsters!

 

Los melómanos siempre estamos a la caza de nuevos discos, siempre tenemos fe que una nueva banda o artista nos va a volar la cabeza y nos va a traumar de por vida. Eso sucede muy pocas veces en estos tiempos donde las bandas lamentablemente no están haciendo más que copiarse entre ellas, o imitar los estilos musicales de décadas pasadas. Además que por la cantidad ingente de bandas nuevas que salen todos los días se hace muy difícil estar al tanto de lo que vale la pena escuchar, y qué desechar. Por suerte los melómanos de ‘cepa de oro’ tenemos un instinto nato para reconocer buenos discos o artistas, el 90% de las veces no nos falla. Se puede decir que es un don. Gracias a este don me topé en una página con este nombre: ‘ Anni B Sweet’ y su disco ‘Oh, Monster!’, no decía absolutamente nada más, sólo estaba ahí, sin foto ni comentarios en una lista de discos por salir de este año. No sé por qué pero me llamó la atención tremendamente…primero, gracias al nombre del disco, pensé que se podía tratar de algo parecido a MGMT, y por el nombre del artista me imaginé que era algo pop, pero de calidad. Intenté buscar el disco pero no aparecía por ningún lado, cosa rara por estos días que por lo menos se encuentran información o algún video en youtube, pero yo no encontraba nada. Por suerte encontré la portada del disco y me enamoré por completo, ahora el escucharlo era una necesidad. Pero bueno hoy por fin lo he encontrado y lo he escuchado en su totalidad. Es un disco que ha superado mis expectativas por completo, no se trata de un pop mgmtiamesco que imaginaba, sino de un hermoso folk cantado con una voz de los dioses.

 

Anni (cuyo verdadero nombre es  Ana López) es en realidad española, de Málaga, ‘Oh, Monsters’ es su segundo LP. Pero al igual que otra de nuestras consentidas españolas: Russian Red, se le da (y muy bien) por cantar y componer en inglés. Entre las mayores influencias de su sonido podemos encontrar a The Shins y Bon Iver, aunque ella menciona que los artistas que más la inspiran son Bob Dylan, Pink Floyd, y Led Zeppelin (uff). Las letras de este disco son un poco más oscuras que las de su anterior trabajo, nos lleva por sus dilemas, problemas, y preocupaciones, o lo que ella llama sus Monsters. Además de la composición también se ha encargado de producirlo, colaborando en estos menesteres con  Phil Vinall (colaborador de Radiohead, Placebo). Un disco que os aseguro ya está en mi top de los mejores de este año.

 

 

 

Cuando se le pregunta sobre si llegará a componer totalmente en español menciona: ‘componer en castellano es otro de mis miedos. Tengo como una doble personalidad, por un lado pienso que da igual siempre que cantes lo que realmente sientes pero por otro lado temo que no guste demasiado.’ Así que paciencia, paciencia. Quizá muy pronto nos sorprenda, y bueno que más queremos, en inglés suena mucho mejor que varias artistas anglo de su género.

 

 

Pero bueno, time to disco. Les confesaré que estoy experimentando con el ‘streaming’ ahora, mis discos duros colapsan cada vez más y ni mil millones de terabites soportan la cantidad de discos que tengo, y peor los que tendré. Así que ahora el streaming no me ha parecido tan mal, además que este disco está imposible encontrarlo en torrents, por lo tanto les hago la vida más fácil y se los dejo para que lo escuchen directamente, y sí les gusta pues pueden buscarlo para bajárselo en mp3, FLAC, or whatever, así que disfrutad, people!

 

 

Listen to the Whole Album Here: http://grooveshark.com/#!/album/Oh+Monsters/7823328