2072 de Fausto Ribadeneira

Corría el año 2072, el planeta afrontaban el caos, la sobrepoblación ya no daba para más, el programa de colonizaje espacial en planetas gemelos aún seguía en pañales y era un privilegio de aquellos que podían pagar los miles de millones para marcharse de este planeta en decadencia. Finalmente lo habíamos logrado, el desinterés e ingenuidad de la humanidad para con este mundo lograron destruirlo. La sociedad había colapsado, la ilusión del dinero ya no era sostenible, algunos habían despertado rebelándose contra ese sistema, pocas eran las colonias que aún ansiaban ver a este mundo recuperado.

Los gobiernos del planeta, más ineptos que nunca, habían perdido el control, el manual que se les había entregado ya hacia tantos siglos atrás ya no tenía efecto, el momento más temido había llegado. Los gobiernos de los países que habían decidido, o resignarse, a quedarse no daban con un plan de contingencia; se convocó a un concurso ‘Salve su Planeta, salve su vida’. Muchos proyectos insatisfactorios fueron entregados hasta que se alzó de entre todos un sujeto: el alquimista y neurocientífico Franz Garódez Villariba, pionero del transhumanismo, llegaba con todas las respuestas tan ansiadas, haciendo uso de su encanto e ingenio poco a poco fue haciéndose lugar entre las altas esferas. Dio con una solución magnífica para el hambre y la sobrepoblación imperante entre los países subdesarrollados, en particular África; el sujeto tenía la capacidad de crear escenarios en el cyber espacio: casas, ciudades, países con todas las comodidades a la entera disposición de los más necesitados, lo llamó el Proyecto Hermes.

Franz dialogó con las familias más menesterosas y les ofreció la vida eterna, con todas las comodidades, en un mundo que él había creado, lo único que debían hacer era morir.

Al inicio esta propuesta despertó terribles reacciones, todos parecían en contra, ¡cómo se podía permitir semejante acción! Sin embargo los cabecillas del mundo vieron la solución ideal, deshacerse del tan indeseado “lastre” de la humanidad. Poco a poco Franz encontró aliados, los más terribles aliados pero aliados al fin, que concebían el cyber espacio como un depósito de basura más que un nuevo mundo. Empezaron a proliferar los secuestradores y contrabandistas de poblaciones enteras obligadas a desaparecer.

Los gobiernos ofrecieron pagos y facilidades a las naciones más pobres para que dejen morir a su población y les regalen el “placer” de una nueva vida cibernética, las miserables familias terminaron aceptando el cruel trato.

Luego de muertos, su cuerpo era comprimido y conservado en cápsulas similares a camas de hospital, su conciencia se trasladaba al escenario cibernético, ellos sentían que solo habían dormido y despertado de un mal sueño en un paraíso, finalmente sonreían, tenían todo lo que habían anhelado y más.

La población que se quedaba en el viejo mundo, y aquella que había colonizado otros planetas, podía ver cómo vivía y se desarrollaba esta nueva humanidad, un nuevo tipo de programa reality había nacido, The Truman Show se hacía realidad.

El nuevo mundo imaginado por Franz era uno donde todo podía ser posible para los hombres, un lugar donde las limitaciones no existan y cualquier deseo que tengan se les podría cumplir con una simple actualización de software. Franz ideó este mundo como un sitio seguro donde los desafortunados puedan vivir en paz, pero también lo pensó como su granja de hormigas personal, deseaba probar cómo se sentía la verdadera divinidad. Nunca imaginó que su idea sería tomada como el nuevo Jardín del Edén y él se haya convertido en el nuevo mesías y en dios para aquellos que ya vivían en su cyber espacio.

La principal desventaja de este nuevo mundo era que la humanidad iba a carecer de libre albedrío. Era Franz y sus colaboradores quienes dictarían las órdenes, la vida de una persona se repetiría infinitamente, cada nueva conciencia humana que viajaba al nuevo mundo iba con un chip personalizado, el precio de la inmortalidad era un guión pulido y terminado para cumplir a cabalidad. La vida se desarrollaría de igual manera que en el mundo ‘normal’, se nacía, vivía, y moría. Al cabo de un tiempo -miles de años- volvían los mismos personajes a desarrollar la misma historia sin cambiar un ápice a la trama. Nada se podría cambiar por más que la persona desee, a menos claro que Franz y sus colaboradores lo decidan así. Este punto no fue comunicado a muchos de quienes accedieron al programa, se prefirió ocultarlo para evitar el fracaso del proyecto.

Viendo los resultados más familias supervivientes se fueron uniendo al plan, al viajar a este escenario creado por un hombre, tenían todo lo que solicitaban, nada se les negaba, ahora eran ellos los personajes de un inmenso videojuego. Por una billonaria suma usted podía acceder al programa y hacer cuanto le venga en gana, siempre y cuando no afecte la integridad de la nueva sociedad. Podía crear mas no destruir. Por supuesto con el pasar de los años no faltó aquel que hackeó el sistema propagando virus y maldad, asesinatos al azar, guerras, destrucción. Incluso hubo algunos que dotaron a personajes con habilidades sobrehumanas, afortunadamente éstos eran detectados pronto y eran eliminados del sistema. Para las generaciones posteriores de esta realidad aquellos personajes editados con super poderes serían conocidos como héroes y semidioses, personajes míticos.

La población más acaudalada empezó a darse cuenta de su error, cómo pudieron dejar que los más pobres disfrutaran del paraíso mientras ellos aún se enfretaban al declive de una civilización sin remedio. Ahora millones de familias acomodadas acudían voluntariamente a los laboratorios del Dr. Franz Garódez para terminar sus vidas y pasar al paraíso cibernético. A estas familias se les daba un trato especial ya que pagaban a grandes desarrolladores y programadores para que cuiden de ellos en el cyber espacio.

El mundo terrenal poco a poco se iba despoblando, todos deseaban el paraíso donde todo lo podían tener sin tanto sacrificio, muchos de los niños nacidos en el cyber espacio ya ni creían que alguna vez sus padres vivieron en un mundo donde el dolor imperaba y todo se conseguía con lánguido esfuerzo.

El hombre es animal de costumbres y mitologías, sin éstas simplemente no puede existir. Así que a pesar de ya no tener la necesidad de comer ni beber agua más que por simple apariencia y nostalgia de su antigua vida, volvieron a hacerlo, se volvió a sembrar y cosechar, se volvió a inventar artilugios de cocina, a pesar que los alimentos que obtenían era una simple ilusión algunos incluso engordaban, la psyche humana hacía de las suyas nuevamente, olvidaron a sus programadores y dejaron de solicitar nuevas actualizaciones, olvidaron por completo que podían conseguir todo cuanto deseaban fácilmente. Así, esta supuesta realidad virtual y artificial pasaba a segundo plano con el pasar de los años hasta convertirse en la única realidad conocida.

Así, el mundo que conocemos quedó completamente deshabitado de humanos, el único que quedó fue el sujeto que había inventado el nuevo mundo. Al verse anciano creó hologramas y clones de sí mismo para que sigan manteniendo su mundo ideal.

Poco a poco la población del cyber espacio olvidó la existencia del Dr. Franz. Ahora tres generaciones adelante a Franz se lo llamaba ‘dios’, su mente no era capaz de asimilar que un simple hombre habría creado aquel mundo tal como les habían contado sus antepasados, eso no podía ser posible, seguro fue obra de ‘dios’. Los descendientes de los primeros viajeros pensaban que lo contado por sus abuelos no era más que un simple mito, ‘¿cómo se podría haber venido de otro mundo?’ decían, así de frágil es la memoria de nuestra raza.

Franz también olvidaría su creación en sus últimos años de vida, y en su último suspiro ni recordaba quien era, ahora sus criaturas estaban al mando, a quienes también les aburría el hacerse cargo de algo tan simple como un nuevo mundo con una humanidad y una historia que se repiten una y otra vez. Poco a poco el mundo ideal se fue convirtiendo nuevamente en algo muy similar al que conocemos ahora, la desigualdad y la sobrepoblación atacaron nuevamente, simplemente el humano olvida y no aprende jamás.

El mundo ideal perecía así en el disco duro de un antiguo ordenador.

Pasaron miles de años hasta que nuevamente se levante un sujeto con las respuestas y cree un nuevo mundo ideal en un nuevo universo cibernético, como podremos adivinar sucedió lo mismo; el mundo ideal fue creado, las conciencias se trasladaron, el antiguo mundo quedaba abandonado y solo uno quedaba, aquel que era llamado ‘dios’. Un proceso que se ha repetido más veces que el infinito.

Cómo podríamos diferenciar una realidad de otra, la humanidad es experta en ser ingenua, nuestro instinto de adaptación nos hace aceptar y asimilar cada situación o ilusión que nos entregan, nuestro instinto de supervivencia nos ha enseñado, lamentablemente, que no hay que hacer preguntas, simplemente aceptar la supuesta realidad como la vemos. Muchas veces me sorprende la imagen mental de verme acostado inconsciente en una especie de cama de hospital, conectado a varios artefactos y con varias pantallas a mi alrededor mostrando todos mis recuerdos y vivencias. Muchas veces me pregunto si ya fui presa de un Dr. Franz o si yo elegí este camino de morir y vivir para siempre soñando con mi vida, llegar al final de ésta y “rebobinarme” repitiéndola una y otra vez. Si así fuera, estoy seguro que no sería consciente de ello, ¿o acaso usted sí lo es?

Moon Transhumanism


Borges, Cortázar, El Minotauro, Mick Jagger y la Casa Tomada

Cortázar y Borges

Cortázar y Borges

Julio Cortázar media casi dos metros (1.93 cm, 6 ‘ 4) y Borges conoció a Mick Jagger, estos dos datos eran mi única motivación para empezar a escribir sobre estos dos astros, pero no quería eso, quería unirlos, encontrar un nexo así como hice con anterioridad con Cortázar y John Lennon mas no podía encontrar nada más aparte de su gusto por lo metafísico, esotérico, onírico y fantasioso, o quizá el hecho que comparten signo zodiacal: Virgo. Pero no, todo ínfimo nexo hablaba sobre sus diferencias políticas. Añoraba dar con alguna obra escrita conjuntamente por lo menos accidentalmente, alguna reunión clandestina grabada, un debate literario, pero no, no encontraba nada, quizá exista algo parecido pero yo no pude hallar nada. Sin embargo es un cuento el que sirvió como nexo entre los dos, uno muy famoso de Cortázar; La Casa Tomada, fue Borges el primero en publicarlo y así se dio el anecdótico encuentro que el mismo Borges relata en su prólogo del cuento de Cortázar “Cartas a mamá”, citando en un post anterior Borges y su opinión sobre varios autores.

Borges habla de Cortázar

‘Prólogo a “Cartas de mamá”
Hacia 1947 yo era secretario de redacción de una revista casi secreta que dirigía la señora Sarah de Ortiz Basualdo. Una tarde, nos visitó un muchacho muy alto con un previsible manuscrito. No recuerdo su cara; la ceguera es cómplice del olvido. Me dijo que traía un cuento fantástico y solicitó mi opinión. Le pedí que volviera a los diez días. Antes del plazo señalado, volvió. Le dije que tenía dos noticias. Una, que el manuscrito estaba en la imprenta; otra, que lo ilustraría mi hermana Norah, a quien le había gustado mucho. El cuento, ahora justamente famoso, era el que se titula “Casa Tomada”. Años después, en París, Julio Cortázar me recordó ese antiguo episodio y me confió que era la primera vez que veía un texto suyo en letras de molde. Esa circunstancia me honra. Muy poco sé de las letras contemporáneas. Creo que podemos conocer el pasado, siquiera de un modo simbólico, y que podemos imaginar el futuro, según el temor o la fe; en el presente hay demasiadas cosas para que nos sea dado descifrarlas. El porvenir sabrá lo que hoy no sabemos y cursará las páginas que merecen ser releídas. Schopenhauer aconsejaba que, para no exponernos al azar; sólo leyéramos los libros que ya hubieran cumplido cien años. No siempre he sido fiel a ese cauteloso dictamen; he leído con singular agrado Las armas secretas de Julio Cortázar y sus cuentos, como aquel que publiqué en la década del cuarenta, me han parecido magníficos. “Cartas de mamá”, el primero del volumen, me ha impresionado hondamente. Una historia fantástica, según Wells, debe admitir un solo hecho fantástico para que la imaginación del lector la acepte fácilmente. Esta prudencia corresponde al escéptico siglo diecinueve, no al tiempo que soñó las cosmogonías o el Libro de las Mil y Una Noches. En “Cartas de Mamá” lo trivial, lo necesariamente trivial, está en el título, en el proceder de los personajes y en la mención continua de marcas de cigarrillos o de estaciones del subterráneo. El prodigio requiere esos pormenores. Otro rasgo quiero indicar. Lo sobrenatural, en este admirable relato, no se declara, se insinúa, lo cual le da más fuerza, como en el “Izur” de Lugones. Queda la posibilidad de que todo sea una alucinación de la culpa. Alguien que parecía inofensivo vuelve atrozmente. Julio Cortázar ha sido condenado, o aprobado, por sus opiniones políticas. Fuera de la ética, entiendo que las opiniones de un hombre suelen ser superficiales y efímeras.
Buenos Aires, 1984’

A pesar de sus diferencias políticas motivadas por el Peronismo en Argentina, la relación entre ambos fue de profundo respeto, Cortázar veía a Borges con reverencia y lo consideraba un maestro, veía en él un guía que abrió las puertas para lo que vendría a ser llamado el ‘bOOm’ de la literatura latinoamericana. A continuación un extracto de la opinión cortazariana.

Cortázar habla sobre Borges

Al escritor y periodista uruguayo Omar Prego Gadea le dice: “En principio soy -y creo que lo soy cada vez más- muy severo, muy riguroso frente a las palabras. Lo he dicho, porque es una deuda que no me cansaré nunca de pagar, que eso se lo debo a Borges. Mis lecturas de los cuentos y de los ensayos de Borges, en la época en que publicó El jardín de senderos que se bifurcan, me mostraron un lenguaje del que yo no tenía idea- Lo primero que me sorprendió fue una impresión de sequedad. Yo me preguntaba: ¿Qué pasa aquí? Esto está admirablemente dicho, pero parecería que más que una adición de cosas se trata de una continua sustracción. Y, efectivamente, me di cuenta de que Borges, si podía no poner ningún adjetivo y al mismo tiempo calificar lo que quería, lo iba a hacer. O, en todo caso, iba a poner un adjetivo, el único, pero no iba a caer en ese tipo de enumeración que lleva fácilmente al floripondio”.
‘Ya en esta opinión se vuelve clara la diferencia que, desde un punto de vista formal, habría entre los dos escritores: Cortázar, con su cálido y chispeante estilo coloquial, Borges con su precisión incisiva y ascética [Alina Diaconú]’. “La gran lección de Borges -continúa Cortázar- no fue una lección temática, ni de contenidos, ni de mecánicas. Fue una lección de escritura. La actitud de un hombre que, frente a cada frase, ha pensado cuidadosamente, no qué adjetivo ponía, sino qué adjetivo sacaba. Cayendo después en cierto exceso que era el de poner un único adjetivo de tal manera que usted se caiga un poco de espaldas. Lo que a veces, puede ser un defecto”, sentencia, en un reportaje reproducido por la revista La Maga, en 1994.’

Ahora vamos al cuento en cuestión, y un análisis filosófico del mismo por parte de José Pablo Feinmann en su programa Filosofía aquí y ahora.

Julio Cortázar – La Casa Tomada [Cuento]

Casa Tomada by Nora Borges

“Nos gustaba la casa porque aparte de espaciosa y antigua (hoy que las casas antiguas sucumben a la mas ventajosa liquidación de sus materiales) guardaba los recuerdos de nuestros bisabuelos, el abuelo paterno, nuestros padres y toda la infancia.
Nos habituamos Irene y yo a persistir solos en ella, lo que era una locura pues en esa casa podían vivir ocho personas sin estorbarse. Hacíamos la limpieza por la mañana, levantándonos a las siete, y a eso de las once yo le dejaba a Irene las últimas habitaciones por repasar y me iba a la cocina. Almorzábamos al mediodía, siempre puntuales; ya no quedaba nada por hacer fuera de unos platos sucios. Nos resultaba grato almorzar pensando en la casa profunda y silenciosa y como nos bastábamos para mantenerla limpia. A veces llegábamos a creer que era ella la que no nos dejo casarnos (…) Irene era una chica nacida para no molestar a nadie. Aparte de su actividad matinal se pasaba el resto del día tejiendo en el sofá de su dormitorio (…) Estábamos bien, y poco a poco empezábamos a no pensar. Se puede vivir sin pensar. Cuando Irene soñaba en alta voz yo me desvelaba en seguida. Nunca pude habituarme a esa voz de estatua o papagayo, voz que viene de los sueños y no de la garganta. Irene decía que mis sueños consistían en grandes sacudones que a veces hacían caer el cobertor. Nuestros dormitorios tenían el living de por medio, pero de noche se escuchaba cualquier cosa en la casa. Nos oíamos respirar, toser, presentíamos el ademán que conduce a la llave del velador, los mutuos y frecuentes insomnios (…)
Estábamos con lo puesto. Me acordé de los quince mil pesos en el armario de mi dormitorio. Ya era tarde ahora. Como me quedaba el reloj pulsera, vi que eran las once de la noche. Rodeé con mi brazo la cintura de Irene (yo creo que ella estaba llorando) y salimos así a la calle. Antes de alejarnos tuve lástima, cerré bien la puerta de entrada y tiré la llave a la alcantarilla. No fuese que algún pobre diablo se le ocurriera robar y se metiera en la casa, a esa hora y con la casa tomada”
Julio Cortázar.
Imagen: “Casa Tomada”, Nora Borges.

Filosofía aquí y ahora – La metáfora de la Casa Tomada

 

 

Encuentro entre Borges y Mick Jagger

Borges y Mick Jagger

Por supuesto, supongo varios de ustedes se preguntan sobre la veracidad de aquél encuentro entre Borges y Mick Jagger, pues éste ha sido relatado en diversas entrevistas por María Kodama, viuda de Borges, el corto y curioso encuentro, según Kodama, fue así:

“En Madrid, en el Hotel Palace, estábamos esperando que nos pasaran a buscar para ir a cenar cuando de pronto Mick Jagger se arrodilla al lado de Borges y le dice: “¡Maestro, yo lo admiro! ¡Leí toda su obra!”. “¿Quién es usted?”, respondió Borges. “Me llamo Mick Jagger”. “¡Ahh! ¡Uno de los Rolling Stones!”, dijo el escritor. Mick Jagger casi se desmaya y le pregunta: “¿Cómo maestro, usted me conoce?”. “Sí, lo conozco y conozco lo que usted hace gracias a María que me permitió descubrirlo”.

 

El Minotauro de Borges y Cortázar

 

Terminamos finalmente, para demostrar el desorden del título de este post, con el Minotauro, mito que, junto a la figura del Laberinto, fue un nexo absoluto entre ellos dos. Debemos recordar que Borges y Cortázar eran amantes de la mitología griega, los dos se expresaban muy bien sobre la literatura clásica. Cortázar topó el tema del Minotauro en su texto Los Reyes, donde hacía del minotauro un héroe romántico, un poeta incomprendido. Borges visitaría al minotauro en su Casa de Asterión, donde el minotauro es un ser atormentado esperando al ser que lo libere de su suplicio día tras día. Para terminar, como no podía ser de otra forma, disfrutemos de estos dos maravillosos textos:

Julio Cortázar – Los Reyes 

Jorge Luis Borges – La casa de Asterión 


Narciso de Manuel Mujica Laínez y Las Sirenas de Azorín

John William Waterhouse

Hace poco leía una entrevista a Fernando Vallejo (La Virgen de los Sicarios, La puta de Babilonia) un escritor que nunca ha sido santo de mi devoción que sin embargo destaca siempre por sus declaraciones escandalosas y a veces fuera de lugar. En esta entrevista (link) se dedica a vilipendiar a los grandes de la literatura iberoamericana, desde el mismísimo Cervantes hasta Cortázar, rezando del siguiente modo:

  • ‘Cortázar y Bolaño, que no sabían escribir’;
  • Borges es un prosista menor. Y como poeta no existe. Es puro sonsonete. La,la,lá… la,la,lá… la,la,lá’;
  • ‘García Márquez, que tiene una prosa pobrísima y sin gracia’;
  • ‘Cervantes era un pésimo prosista, que Borges no conocía los recursos literarios y que, salvo Mujica Láinez y Azorín, casi no hay nadie que se salve.’

Precisamente por esta última frase fue que presté atención a las sonsonidades de Vallejo, que bien está decir, estoy un poco de acuerdo con su opinión del estilo poético de Borges, pero a él le perdonamos todo, de la prosa de grandes como Cervantes y Cortázar está de más opinar porque ellos crearon un estilo propio por encima de las reglas establecidas en la literatura. Pero fueron los nombres de Mujica y Azorín los que me llamaron la atención, Vallejo incluso llega a decir que Manucho” (Mujica), el mejor escritor en lengua española de los últimos mil años. Argumentos tan fuertes no podemos dejar pasar, debo admitir que de Mujica (Argentina, 1910-1984) no había leído ni una línea y que de Azorín (España, 1873-1967) solo sabía que formó parte de la Generación del 98 y fue él quien los bautizó así. Así que con estos dos cuentos empieza mi aventura en el descubrimiento de dos “nuevos” autores que, por supuesto, no puedo dejar de compartir con ustedes. A leer y a juzgar las opiniones de Vallejo: 

Narciso, Manuel Mujica Laínez

Manuel Mujica Laínez

Si salía, encerraba a los gatos. Los buscaba, debajo de los muebles, en la ondulación de los cortinajes, detrás de los libros, y los llevaba en brazos, uno a uno, a su dormitorio. Allí se acomodaban sobre el sofá de felpa raída, hasta su regreso. Eran cuatro, cinco, seis, según los años, según se deshiciera de las crías, pero todos semejantes, grises y rayados y de un negro negrísimo. Serafín no los dejaba en la salita que completaba, con un baño minúsculo, su exiguo departamento, en aquella vieja casa convertida, tras mil zurcidos y parches, en inquilinato mezquino, por temor de que la gatería trepase a la cómoda encima de la cual el espejo ensanchaba su soberbia. Aquel heredado espejo constituía el solo lujo del ocupante. Era muy grande, con el marco dorado, enrulado, isabelino. Frente a él, cuando regresaba de la oficina, transcurría la mayor parte del tiempo de Serafín. Se sentaba a cierta distancia de la cómoda y contemplaba largamente, siempre en la misma actitud, la imagen que el marco ilustre le ofrecía: la de un muchacho de expresión misteriosa e innegable hermosura, que desde allí, la mano izquierda abierta como una flor en  la solapa, lo miraba a él, fijos los ojos del uno en los del otro. Entonces los gatos cruzaban el vano del dormitorio y lo rodeaban en silencio. Sabían que para permanecer en la sala debían hacerse olvidar, que no debían perturbar el examen meditabundo del solitario, y, aterciopelados, fantasmales, se echaban en torno del contemplador.
Las distracciones que antes debiera a la lectura y a la música propuesta por un antiguo fonógrafo habían terminado por dejar su sitio al único placer de la observación frente al espejo. Serafín se desquitaba así de las obligaciones tristes que le imponían las circunstancias. Nada, ni el libro más admirable, ni la melodía más sutil, podría procurarle la paz, la felicidad que adeudaba a la imagen del espejo. Volvía cansado, desilusionado, herido, a su íntimo refugio, y la pureza de aquel rostro, de aquella mano puesta en la solapa, le infundía nueva vitalidad. Pero no aplicaba el vigor que al espejo debía a ningún esfuerzo práctico. Ya casi no limpiaba las habitaciones, y la mugre se atascaba en el piso, en los muebles, en los muros, alrededor de la cama siempre deshecha. Apenas comía. Traía para los gatos, exclusivos partícipes de su clausura, unos trozos de carne, cuyos restos contribuían al desorden, y si los vecinos se quejaban del hedor que manaba de su departamento, se limitaba a encogerse de hombros, porque Serafín no lo percibía; Serafín no otorgaba importancia a nada que no fuese su espejo. Éste sí resplandecía, triunfal, en medio de la desolación y la acumulada basura. Brillaba su marco, y la imagen del muchacho hermoso parecía iluminada desde el interior.  Los gatos, entretanto, vagaban como sombras.
Una noche, mientras Serafín cumplía su vigilante tarea frente a la quieta figura, uno lanzó un maullido loco y saltó sobre la cómoda. Serafín lo apartó violentamente, y los felinos no reanudaron la tentativa, pero cualquiera que no fuese él, cualquiera que no estuviera ensimismado en la contemplación absorbente, hubiese advertido en la nerviosidad gatuna, en el llamear de sus pupilas, un contenido deseo, que mantenía trémulos, electrizados, a los acompañantes de su abandono. Serafín se sintió mal, muy mal, una tarde. Cuando regresó del trabajo, renunció por primera vez, desde que allí vivía, al goce secreto que el espejo le acordaba con invariable fidelidad, y se estiró en la cama. No había llevado comida, ni para los gatos ni para él. Con suaves maullidos, desconcertados por la traición a la costumbre, los gatos cercaron su lecho. El hambre los tornó audaces a medida que pasaban las horas, y valiéndose de dientes y uñas, tironearon de la colcha, pero su dueño inmóvil los dejó hacer. Llegó así la mañana y avanzó la tarde, sin que variara la posición del yacente, hasta que el reclamo voraz trastornó a los cautivos. Como si para ello se hubiesen concertado, irrumpieron en la salita, maullando desconsoladamente.
Allá arriba, la victoria del espejo desdeñaba la miseria del conjunto. Atraía como una lámpara en la penumbra. Con ágiles brincos, los gatos invadieron la cómoda. Su furia se sumó a la alegría de sentirse libres y se pusieron a arañar el espejo. Entonces la gran imagen del muchacho desconocido que Serafín había encolado encima de la luna –y que podía ser un affiche o la fotografía de un cuadro famoso, o de un muchacho cualquiera, bello, nunca se supo, porque los vecinos que entraron después en la sala sólo vieron unos arrancados papeles– cedió a la ira de las garras, desgajada, lacerada, mutilada, descubriendo, bajo el simulacro de reflejo urdido por Serafín, chispas de cristal.  Luego los gatos volvieron al dormitorio, donde el hombre horrible, el deforme, el Narciso desesperado, conservaba la mano izquierda abierta como una flor sobre la solapa, y empezaron a destrozarle la ropa .
De El brazalete y otros cuentos (1978)

 

Las sirenas, Azorín 

Azorin

Cuando volvieron de la iglesia celebraron con una merienda espléndida el bautizo. La casa estaba llena de invitados; entraron todos en el comedor. Sobre el blanco mantel resaltaba la límpida cristalería. Y acá y allá, la nota pintoresca de un pomposo, oloroso, pintoresco ramo de flores. Todos estaban alegres, animosos.

Venía al mundo un nuevo ser. Se celebraba su entrada en la vida. ¿Qué había en el mundo para este niño? Las conversaciones, las risas, las exclamaciones de cuando en cuando, como el ir y venir de un oleaje, tenían un momento, ligerísimo, de tregua. Parecía que en estos vagos y fugaces silencios algo se cernía sobre las cabezas de los invitados. La madre del niño estaba un poco seria, meditativa; ya se había levantado de la cama; a los tres días del parto ya se hallaba en pie; era mujer fuerte, robusta, que cruzaba las manos sobre el pecho —las manos gordezuelas, lustrosas, sonrosadas—,y así permanecía, con una dulce sonrisa, largos ratos. El padre iba y venía afanoso, un poco febril entre los invitados; llevaba en alto una botella; pasaba de una parte a otra una bandeja con dulces; decía a éste una broma; replicaba al otro con una chuscada.

Y el niño, en la sala vecina, lloraba con un llantito agudo, persistente. Le entraban en el comedor; le besuqueaban todos, y se lo volvían a llevar a la pieza vecina. Su carita menuda asomaba entre las blondas y encajes blancos.

—¡Que nos diga el poeta el horóscopo del niño!
—gritó uno de los convidados.

No hemos hablado todavía del poeta. El poeta era Eladio Parra. Cuando el niño nació, su padre, Antonio Riera, escribió al gran poeta:

«Querido Eladio: ¡Cuánto tiempo hace que no nos vemos! Pero yo sé de ti. Sé de ti por tus versos. Yo no soy nada; tú lo eres todo. Desde los días del colegio, hace veinte años, no nos hemos vuelto a ver. Ha nacido mi primer hijo. Yo tendría placer en que el más grande poeta de España apadrinara a este niño. No te niegues a mi deseo. Si vienes, desde la casa estarás viendo a todas horas el Mediterráneo, el mar tranquilo y siempre azul. Y esto será para ti una compensación de las molestias del viaje.»

Tal era la carta. Y el gran poeta vino al bautizo. Rodeado de la admiración y del cariño de todos, se hallaba sentado ante la mesa; su mano diestra reposaba, con coquetería, en el blanco mantel; esta mano, él la estaba mirando, había escrito los versos más finos, más delicados, más originales del Parnaso español contemporáneo.

Todos apoyaban la petición del invitado interpelante.

— ¡Sí, sí; que haga el poeta el horóscopo del niño!

El poeta sonrió afablemente. ¿Qué iba a decir él de un niño que entra en la liza del mundo? El poeta sonrió con bondad; todos le rodeaban; manos finas y blancas se apoyaban en sus hombros; ojos bellos femeninos le miraban con profunda admiración. ¿Qué iba a decir el poeta de un ser que penetra en el tráfago de la vida?

El poeta sonreía con amabilidad.

—Pues bien, señores —dijo al fin—; pues bien, sí, señores…

Y todos aplaudieron. Los aplausos resonaron en el comedor; el llanto del niño se percibía entre la algazara de las voces y de las risas.

Había que hacer las cosas discretamente. Puesto que la concurrencia quería que el poeta levantara el horóscopo de un niño, Eladio Parra, el gran poeta, saldría del paso con alguna bobería espiritual, delicada. Antes habían puesto ante Eladio al niño, y el poeta estuvo contemplando en silencio, solemnemente, como quien estudia las profundidades de un misterio, los ojitos del niño, su naricita, su boquita contraída por un mohín picaresco. Y cuando Eladio hubo contemplado un rato al niño, pidió ser llevado a un salón vecino, donde había recado de escribir. Todos esperaban en la puerta. El poeta se recogió un momento, en pausa cómica, y luego salió de la estancia llevando en la mano un sobre.

— ¡Aquí está —dijo— el horóscopo de este niño!

Y todos esperaron, ansiosos, a que el padre rasgara el sobre. Dentro estaban escritas estas pocas palabras:

«¡Cuidado con las sirenas!». Hubo un momento de indecisión. ¿Qué significaba esta misteriosa advertencia?

¡Cuidado con las sirenas! Sí, sí; era verdad; el poeta se refería a las mujeres, a las mujeres encantadoras y engañosas que podían hacer la desgracia del niño.

Cuidado con las sirenas significaba que este niño estaba expuesto, como tantos otros, en su vida de hombre, a ser el juguete, la víctima, la presa de mujercitas terribles, aventureras; una mujer, seguramente, iba a perderle. Las mujeres, de todos modos, jugarían un papel decisivo, importante, en la vida de este niño. Y no se tomaron las cosas por lo trágico. Al fin, desechados tristes pensamientos, se pensó, picarescamente, en la buena fortuna de este Don Juan novísimo, afortunado, que ahora venía al mundo.

Pasaron muchos años. El niño, Pablo Riera, se hizo hombre. El horóscopo estaba olvidado. Las sirenas, es decir, las mujeres, el eterno femenino, no jugaba papel en la vida de Pablo. La vida de Pablo se deslizaba tranquila, sosegada, uniforme. Se había casado ya el mozo. No había hombre menos mujeriego que Pablo. Su mujer le adoraba. Los dos llevaban con escrupulosidad y provecho la tiendecilla de que vivían. Pablo era un hombre callado, un poco encogido; tenía una sensibilidad reconcentrada. Experimentaba, con la menor contrariedad, una profunda, larga, resonante angustia en todo su organismo. Las horas para él traían todas, cada día, las mismas cosas. No se producía alteración en el vivir silencioso, llano, feliz, en suma, de este matrimonio.

Un día, revolviendo trastos viejos, la mujer de Pablo encontró un cofrecillo; estaba lleno de cartas antiguas, de fotografías amarillentas. Era de noche; había terminado la tarea diaria; bajo la luz ancha, circular, de la lámpara, en el silencioso comedor, en tanto que Pablo leía, su mujer iba escudriñando todos estos viejos recuerdos. Y de pronto apareció un papelito en un sobre, un papelito en que se leía, con letra enrevesada, pero grande: «¡Cuidado con las sirenas!».

—Mira, Pablo —dijo la mujer—; aquí está tu horóscopo, el horóscopo de que tú me has hablado algunas veces.
—Es verdad —dijo Pablo—; ésta es la letra del gran poeta amigo de mi padre.
—Pues las sirenas no te han sido funestas en la vida —añadió la mujer.
—Sí, cierto; hombre menos aventurero, menos mujeriego que yo, tú lo sabes, habrá habido pocos —contestó Pablo.
—Los poetas se equivocan —agrego el marido.
—¡Afortunadamente, en este caso! —exclamó la mujer.

Y sus ojos, bajo la lámpara, se clavaban en las palabras escritas por el gran poeta: «¡Cuidado con las sirenas!

El silencio, la paz, el sosiego eran profundos. A la mañana siguiente la mujer de Pablo no se levantó, estaba un poco enferma. Dos días después la enfermedad había adquirido caracteres de gravedad. Pablo, el marido, vivía en una continua zozobra. Los minutos transcurrían lentos, dolorosos. La enferma, desde la cama, acariciaba con una mirada larga, triste, profundamente triste, al pobre Pablo.

—¡Pablo, Pablo! —exclamaba-. ¡Qué solo te vas a quedar! ¿Qué harás tú sin mí en el mundo?

Y Pablo sentía que se le desgarraban las entrañas.

Llegó la hora suprema. La esposa de Pablo murió; murió a la madrugada, en una madrugada turbia, opaca. Caía una lluvia persistente, menuda. En los cristales del balcón apenas se marcaba vagamente la claridad de la aurora. Dentro, la llama de una lamparilla tembloteaba. Y en el momento de expirar su mujer, de allá lejos, del puerto, llegaba angustioso, como un lamento largo, plañidero, el son de la sirena de un vapor.

Pablo estaba solo. La tiendecilla no marchaba bien. Pablo no se ocupaba en nada. Y su vida estaba deshecha, rota. No parecía por la tienda. Daba largos y solitarios paseos por la ciudad; pasaba largas horas en el cementerio, ante la sepultura de su mujer. ¿Para qué quería él vivir? Una noche, en la ciudad, comenzaron a sonar todas las campanas. Se había declarado un incendio en alguna parte. La tiendecilla de Pablo estaba ardiendo; el incendio destruyó todas las existencias y enseres del comercio. De madrugada, Pablo, rendido, fatigado, presa de una terrible angustia, se dejaba caer en la cama. Era una madrugada fría, lluviosa; caía de un cielo turbio, sucio, una llovizna persistente, helada.

Y a lo lejos, entre sueños, vaga y dolorosamente, Pablo escuchaba el son largo, plañidero, de la sirena de un barco.

Pablo, el pobre, estaba anonadado; vivía en un cuartito de un quinto piso. Una anciana venía todas las mañanas a arreglar el menaje; él comía fuera; su traje era desastrado. Como un autómata, caminaba y caminaba horas y horas por el campo. Después, al anochecer, rendido, volvía a su cuartito y se dejaba caer, inerte, en la cama.

Una vez no pudo dormir en toda la noche. La claridad del día apareció en los vidrios del balcón. La aurora era borrosa, turbia, gris. Caía una lluvia menudita, fría; se oía a intervalos, en una pieza vecina, ruido de una gotera que sonaba persistente.

Comenzó a oírse de pronto, allá en el puerto, el grito agudo, como una súplica, como un lamento, como una suprema imprecación, de la sirena de un barco. Y cuando se apagó el estampido de una detonación, en el cuartito, todavía sonaba con angustia, trágicamente, la voz de la sirena.

Azorín (1873-1967)