Coleccionista de Personas

Fausto Ribadeneira by Mariela Cobos

Fausto Ribadeneira by Mariela Cobos

Siempre gusté de coleccionar personas, reunía mis amigos de la escuela, colegio, universidad en un inmenso círculo cada viernes por la tarde, quien me conocía se unía a aquel grupo que sumaba de una a 6 personas cada fin de semana. Todos mis amigos sabían que la diversión estaba garantizada en los encuentros semanales que organizaba.

Llegó un punto en que creí conocer a todas las personas de la ciudad, algunos incluso ya me seguían religiosamente todos los días porque sabían que en algún momento iba a suceder algo emocionante o iban a conocer a un posible nuevo amor. Mi colección la conformaban hombres y mujeres de diversas edades, principalmente adolescentes y jóvenes adultos, la era de la ebullición hormonal de mi generación tenía un patrono.

De repente me encontraba entre estas decenas de personas hablando y charlando con cada una de ellas, todo mi grupo llenaba un bar y yo era el anfitrión, toda “la zona” de Quito de mi generación llegó a conocerme, los que no formaban parte de mi grupo querían entrar en él o me odiaban. Una amiga llegó a llamarme ‘el personaje mitológico de la zona’; si un viernes yo no estaba ahí no era viernes.

Me volví adicto a conocer personas, a los brindis, aventuras de cada semana y los placeres que con ellas venían. Veía a cada persona como una nueva figurita para mi álbum de vida, no las dejaba ir, no era por una cuestión de popularidad, no sabría explicarlo, simplemente deseaba alimentar mi conocimiento, ahora lo veo, aquella fue mi era de alimentar mi mente con las diferentes experiencias de los demás. Me volví adicto a intentar comprender los motivos, opiniones, y creencias de cada cual. Era mi experimento particular.

Entonces me cansé, quizá todos me entregaron lo que podían y les estaba muy agradecido, pero ya no deseaba seguir coleccionando personas. A las reuniones de los viernes dejaba de asistir para citarme con otras nuevas personas o simplemente no salía, ahora prefería quedarme analizando todo. Estaba saciado de información mundana. El grupo, sin su líder, poco a poco se fue desmembrando, fascinaba ver las facciones que se iban creando, los grupos internos que siempre vi cuando yo estaba entre ellos pero que permanecían unidos por mí finalmente se separaron como pensé lo harían. De los supuestos mejores amigos y las mejores novias ya nada deseaba saber, había llegado el momento de gozar mi soledad.

De todo mi grupo, quizá llegamos a ser unos ciento veinte mínimo, veo a unos pocos hasta el día de hoy, principalmente mis amigos del colegio asombrosamente perduraron sobre los de universidad y la calle. Luego preferí lanzarme solo, ofrecer mi amistad por horas, conocer en poco tiempo lo que valga la pena de las personas que cruzan mi camino.

Aprendí a darme cuenta que no soy un buen amigo, ni compañero, desde niño fui un solitario, ésta, la fase de coleccionista de personas, fue tan solo eso, una fase con la que ya no puedo identificarme más. Ahora solo espero contar con la compañía de una hasta que la muerte y la eternidad lo permita, y otro que me acompañe hasta que despliegue sus alas.


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